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En el corazón de un Abogado del Estado, cualquiera que sea su situación administrativa o su destino, late, en primer lugar, la condición de abogado. No digo que para hacer rabiar y perder la compostura a otro abogado en un pleito, sobre todo, oral, esté feo recordarle lo que nos separa y podríamos contar mil anécdotas referentes a cuando aquél se atreve a llamarnos en juicio “compañero”, la palabra sagrada que nos une sólo a nosotros. Sin embargo, todos sabemos, por dentro, que estamos más próximos a él que a otros…

Se escribe este editorial en un momento en que la Abogacía del Estado ha salido a los medios en un asunto de gran repercusión mediática. La defensa ante la Gran Sala del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo de la denominada “doctrina Parot”. Con convicción, contundencia e inteligencia se defendieron las posiciones de España por sus magníficos Abogados.

Al Abogado del Estado le puede parecer a veces que tiene  “un cliente difícil”(lo cual probablemente llamaría a la sonrisa amable a los Abogados del Estado  excedentes); pero lo que sin duda, tiene el Abogado del Estado, en muchas ocasiones, es un trabajo difícil. Y por ello lo ejerce con tan grandes dosis de responsabilidad y dedicación. Y en todos los frentes.

Del maravilloso libro “El alma de la toga”, de D. Ángel Ossorio y Gallardo reproduzco lo que en opinión del autor es ser Abogado:

El esclarecido ministerio del asesoramiento y de la defensa, va dejando en el juicio y en el proceder unas modalidades que imprimen carácter. Por ejemplo: la fuerte definición del concepto propio y simultáneamente, la antitética disposición a abandonarle, parcial o totalmente, en bien de la paz; la rapidez en la asimilación de hechos e ideas, coincidentes con las decisiones más arriesgadas, como si fueran hijas de dilatada meditación; el olvido de la conveniencia y de la comodidad personales para anteponer el interés de quien a nosotros se confía (aspecto este en que coincidimos con los médicos); el reunir en una misma mente la elevada serenidad del patriarca y la astucia maliciosa del aldeano; el cultivar a un tiempo los secarrales legislativos y el vergel frondoso de la literatura ya que nuestra misión se expresa por medio del arte; el fomento de la paciencia sin mansedumbre para con el cliente, del respeto sin humillación para con el tribunal, de la cordialidad sin extremos amistosos para con los compañeros, de la firmeza sin amor propio para el pensamiento de uno, de la consideración sin debilidades para el de los demás”.

Definición, sin duda, que es igualmente aplicable al Abogado del Estado.

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El desprestigio de la política, como antes el desprestigio de la función pública, parecen haberse convertido en los elementos precisos para la recuperación de no sé sabe muy bien el qué. Vivimos en tiempos de crisis económica que poco a poco se ha ido tornando en una crisis institucional que afecta aparentemente a todos los ámbitos. No vale nada para algunos: no vale nuestro modelo territorial, no vale nuestro modelo institucional, no vale nuestro modelo de representación política. El valor de los elementos estructurales de un Estado, de una nación, desaparece dentro de la crisis económica. El paro, el miedo a perder el puesto de trabajo, el miedo a no poder seguir manteniendo un determinado nivel de vida en todas sus extensiones y ramificaciones genera inmediatamente y de modo irremediable el pensamiento de que nada vale. Se pierde la confianza en los gestores políticos del bien común cuando el mismo está dañado o seriamente amenazado, se pierde la confianza en la función pública cuando los servicios que prestan no se sostienen económicamente, se pierde la confianza en un modelo constitucional de consenso de relaciones entre el Estado y sus territorios cuando se afirma que resulta deficitario económicamente.

 

Al final resulta que es la economía la que genera cohesión, integración y confianza en los elementos del Estado. Ante esta evidente realidad social, sin embargo, tenemos que tener la capacidad de, al menos, ponerla en duda. No cabe confundir medidas de racionalidad económica, reivindicaciones presupuestarias, financieras o el debate acerca de próximos, lejanos o inexistentes “rescates” con la idea de que España es un Estado fallido, de que nada sirve, todo debe desmontarse. España es el resultado del esfuerzo común de todos los españoles, del consenso de nuestra clase política avalado por la ciudadanía por el irrompible vínculo de la democracia.

 

Cabe recordar un eslogan que permitió a Bill Clinton convertirse en el Presidente de los  stados Unidos en 1992 y del cual simplemente eliminamos el epíteto final por inapropiado para estas páginas: “es la economía”.

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Llevamos varias legislaturas en donde se nos habla del derecho de los ciudadanos a conocer la “verdad” con distintas formas y expresiones. De igual modo, llevamos ese mismo tiempo en el que se nos habla de la necesidad de actuar con prudencia, hasta con sigilo para que podamos recuperar la “confianza”; se nos dice que hay cosas que es mejor no contar para no provocar alarmas innecesarias.

 

Verdad y confianza aparecen entonces de manera contrapuesta, como si de la verdad se pudiera conseguir generar desconfianza o como si de no contarla o ser prudentes en ello se derivara inmediata confianza.

 

En este punto cabe traer a colación lo que en hebreo significa la palabra “emunah”. Para los hebreos la verdad (“emunah”), es ante todo la seguridad o la confianza; verdadero es lo que es fiel a sí mismo y por eso digno de confianza porque da seguridad. En la filosofía clásica griega, la verdad es concebida como άλήθεια o descubrimiento del ser que se encuentra oculto por el velo de la apariencia. Por supuesto, existen infinidad de teorías filosóficas posteriores sobre esto de la “verdad”, una de las más extendidas es la de la correspondencia. Según esta teoría, la verdad consiste en una relación de adecuación o concordancia entre el entendimiento que conoce y lo real conocido como realidad.

 

Lo cierto es que yo me quedo quizá con la definición dirigida hacia la consecuencia de la verdad y no con aquéllas que pretenden definirla como fin en si misma. La verdad es lo que genera seguridad y confianza porque es fiel a sí misma, a la realidad.

 

Pidiendo ya disculpas por la diatriba filosófica, la finalidad de estas breves líneas no es otra que decir que sin verdad no hay confianza, no hay seguridad. La duda sobre si se conoce en parte la verdad simplemente genera desconfianza, esto siempre ha sido así y nunca ha sido ni será de otra manera. Lo que debe generar confianza no son los gobiernos sino los Estados y esto sólo se logra si mostramos a los Estados bajo el prisma de la verdad que no es otra cosa que su realidad y de conseguir esto sí son responsables los gobiernos.

 

Los bailes de cifras, de imputación de responsabilidades por nefastas gestiones o la negación de la realidad contando con prudencia medias verdades, no permite nunca generar confianza ni en los Estados ni en los ciudadanos que los componen. La confianza es más que nada una creencia que permite estimar lo que una persona será capaz de hacer de una determinada manera frente a una situación dada, pero si no conocemos esta situación, si no conocemos la realidad, no existe opción alguna de generar confianza y por tanto, la menos mala de las consecuencias será que los ciudadanos, los trabajadores, las empresas, etcétera, no hagan nada y del inmovilismo ya se sabe lo que dicen: no va a ninguna parte.

 

Verdad, confianza y movimiento; y en ese orden, por favor.

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Toda transición obedece a un cambio y todo cambio genera expectativas mas cercanas a veces al sueño de ganancia que a la efectiva realidad. Todo cambio origina turbulencias y toda turbulencia inseguridad. Todo pasará. La seguridad se asentará. La información dejará de estar sesgada o al menos el sesgo se podrá identificar. Al final la humanidad socializada en forma de ciudadana, sabe sobreponerse a los pesares, las tragedias y mucho más aún a las turbulencias.

Cae en mi memoria aquello que dijo H.G. Wells en La Guerra de los Mundos: “Los gérmenes de las enfermedades han atacado a la humanidad desde el comienzo del mundo, exterminaron a muchos de nuestros antecesores prehumanos desde que se inició la vida en la Tierra. Pero en virtud de la selección natural de nuestra especie, la raza humana desarrolló las defensas necesarias para resistirlos. No sucumbimos sin lucha ante el ataque de los microbios, y muchas de las bacterias –las que causan la putrefacción en la materia muerta, por ejemplo– no logran arraigo alguno en nuestros cuerpos vivientes. Pero no existen las bacterias en Marte, y no bien llegaron los invasores, no bien bebieron y se alimentaron, nuestros aliados microscópicos iniciaron su obra destructora”

Hemos superado cracks financieros, guerras mundiales, civiles y frías, crisis del petróleo, etc, superaremos ahora como siempre, crisis de liderazgo, hipotecas subprime o la deuda pública, que no es otra cosa sino el préstamo que debemos pagar entre todos. Lo superaremos porque el afán por conseguirlo se encuentra en el propio germen de nuestra sociedad y de nuestra economía. El Estado del Bienestar no es la obra artificial de un grupo de talentosos gobernantes, es fruto del deseo de la voluntad de eso a lo que ha evolucionado el ser humano empeñado en vivir en sociedad como es el ciudadano.

De esta turbulencia saldremos los ciudadanos por aquello que hacemos todos los días como es querer vivir bien, querer bien a nuestras familias y querer el bien de aquéllos que están en peor situación.

De momento hace frío y hace falta que llueva ¿alguien duda de que no vendrán las lluvias y el calor?


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Surge este número en plena época de expectativa ante la aparente transición. Debemos, en consecuencia y sin falsa humildad, decir lo que pasará. Probablemente cambiará el Gobierno, probablemente el cambio en la cabecera de Justicia dará lugar al cambio en su organigrama y por tanto en la Abogacía General. Probablemente llegará un nuevo Abogado General del Estado y probablemente todos sabíamos quién iba a ser antes de su nombramiento entre una pléyade de hipotéticos candidatos aunque antes nadie lo dijera abiertamente. Probablemente, al día siguiente de estos cambios, nadie habrá cambiado la fecha de la vista en el Juzgado y a nadie le habrán retirado esa petición de informe consistente en resolver ese asunto acerca de un patrimonio yacente por todos discutido, en época remota expropiado y por unos extraños disfrutado. Nadie nos habrá cambiado la hora del despertador, nadie nos habrá quitado el atasco o el desayuno matutino –esto va por “territorios” y por caracteres–, nadie nos habrá dado la plaza anhelada ni cesado de la plaza discutida. Para casi todos, el cambio tendrá el mismo efecto resonante de la caída del árbol en la fría estepa siberiana sobre un úrsido en peligro de extinción –que no digo que no exista esta posibilidad, pero mientras no me toque no lo buscaré en la Wikipedia o enciclopedia, esto también, según caracteres–.

En definitiva, a casi nadie nos pasará nada ¿para qué preocuparse? Y sin embargo lo hacemos, lo hacemos porque nos importa, nada más. Nos preocupa porque somos un colectivo, un Cuerpo más que centenario que ha subsistido en todo tipo de climas políticos, regímenes democráticos y de los otros, movimientos ministeriales de adscripción, incompatibilidades, atribución y eliminación de competencias... y siempre hemos estado allí, preocupándonos y trabajando porque la agenda no nos la cambian, porque los problemas del Estado necesitan asistencia jurídica y porque algo de Estado somos o al menos le servimos. Mis condolencias a los úrsidos de la fría Siberia si es que existen.

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Número 37
Somos Abogados

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Se escribe este editorial en un momento en que la Abogacía del Estado ha salido a los medios en un asunto de gran repercusión mediática. La defensa ante la Gran Sala del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo de la denominada “doctrina Parot”. Con convicción, contundencia e inteligencia se defendieron las posiciones de España por sus magníficos Abogados.

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En este punto cabe traer a colación lo que en hebreo significa la palabra “emunah”. Para los hebreos la verdad (“emunah”), es ante todo la seguridad o la confianza; verdadero es lo que es fiel a sí mismo y por eso digno de confianza porque da seguridad. En la filosofía clásica griega, la verdad es concebida como άλήθεια o descubrimiento del ser que se encuentra oculto por el velo de la apariencia. Por supuesto, existen infinidad de teorías filosóficas posteriores sobre esto de la “verdad”, una de las más extendidas es la de la correspondencia. Según esta teoría, la verdad consiste en una relación de adecuación o concordancia entre el entendimiento que conoce y lo real conocido como realidad.

 

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El desprestigio de la política, como antes el desprestigio de la función pública, parecen haberse convertido en los elementos precisos para la recuperación de no sé sabe muy bien el qué. Vivimos en tiempos de crisis económica que poco a poco se ha ido tornando en una crisis institucional que afecta aparentemente a todos los ámbitos. No vale nada para algunos: no vale nuestro modelo territorial, no vale nuestro modelo institucional, no vale nuestro modelo de representación política. El valor de los elementos estructurales de un Estado, de una nación, desaparece dentro de la crisis económica. El paro, el miedo a perder el puesto de trabajo, el miedo a no poder seguir manteniendo un determinado nivel de vida en todas sus extensiones y ramificaciones genera inmediatamente y de modo irremediable el pensamiento de que nada vale. Se pierde la confianza en los gestores políticos del bien común cuando el mismo está dañado o seriamente amenazado, se pierde la confianza en la función pública cuando los servicios que prestan no se sostienen económicamente, se pierde la confianza en un modelo constitucional de consenso de relaciones entre el Estado y sus territorios cuando se afirma que resulta deficitario económicamente.

 

Al final resulta que es la economía la que genera cohesión, integración y confianza en los elementos del Estado. Ante esta evidente realidad social, sin embargo, tenemos que tener la capacidad de, al menos, ponerla en duda. No cabe confundir medidas de racionalidad económica, reivindicaciones presupuestarias, financieras o el debate acerca de próximos, lejanos o inexistentes “rescates” con la idea de que España es un Estado fallido, de que nada sirve, todo debe desmontarse. España es el resultado del esfuerzo común de todos los españoles, del consenso de nuestra clase política avalado por la ciudadanía por el irrompible vínculo de la democracia.

 

Cabe recordar un eslogan que permitió a Bill Clinton convertirse en el Presidente de los  stados Unidos en 1992 y del cual simplemente eliminamos el epíteto final por inapropiado para estas páginas: “es la economía”.

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Llevamos varias legislaturas en donde se nos habla del derecho de los ciudadanos a conocer la “verdad” con distintas formas y expresiones. De igual modo, llevamos ese mismo tiempo en el que se nos habla de la necesidad de actuar con prudencia, hasta con sigilo para que podamos recuperar la “confianza”; se nos dice que hay cosas que es mejor no contar para no provocar alarmas innecesarias.

 

Verdad y confianza aparecen entonces de manera contrapuesta, como si de la verdad se pudiera conseguir generar desconfianza o como si de no contarla o ser prudentes en ello se derivara inmediata confianza.

 

En este punto cabe traer a colación lo que en hebreo significa la palabra “emunah”. Para los hebreos la verdad (“emunah”), es ante todo la seguridad o la confianza; verdadero es lo que es fiel a sí mismo y por eso digno de confianza porque da seguridad. En la filosofía clásica griega, la verdad es concebida como άλήθεια o descubrimiento del ser que se encuentra oculto por el velo de la apariencia. Por supuesto, existen infinidad de teorías filosóficas posteriores sobre esto de la “verdad”, una de las más extendidas es la de la correspondencia. Según esta teoría, la verdad consiste en una relación de adecuación o concordancia entre el entendimiento que conoce y lo real conocido como realidad.

 

Lo cierto es que yo me quedo quizá con la definición dirigida hacia la consecuencia de la verdad y no con aquéllas que pretenden definirla como fin en si misma. La verdad es lo que genera seguridad y confianza porque es fiel a sí misma, a la realidad.

 

Pidiendo ya disculpas por la diatriba filosófica, la finalidad de estas breves líneas no es otra que decir que sin verdad no hay confianza, no hay seguridad. La duda sobre si se conoce en parte la verdad simplemente genera desconfianza, esto siempre ha sido así y nunca ha sido ni será de otra manera. Lo que debe generar confianza no son los gobiernos sino los Estados y esto sólo se logra si mostramos a los Estados bajo el prisma de la verdad que no es otra cosa que su realidad y de conseguir esto sí son responsables los gobiernos.

 

Los bailes de cifras, de imputación de responsabilidades por nefastas gestiones o la negación de la realidad contando con prudencia medias verdades, no permite nunca generar confianza ni en los Estados ni en los ciudadanos que los componen. La confianza es más que nada una creencia que permite estimar lo que una persona será capaz de hacer de una determinada manera frente a una situación dada, pero si no conocemos esta situación, si no conocemos la realidad, no existe opción alguna de generar confianza y por tanto, la menos mala de las consecuencias será que los ciudadanos, los trabajadores, las empresas, etcétera, no hagan nada y del inmovilismo ya se sabe lo que dicen: no va a ninguna parte.

 

Verdad, confianza y movimiento; y en ese orden, por favor.

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Toda transición obedece a un cambio y todo cambio genera expectativas mas cercanas a veces al sueño de ganancia que a la efectiva realidad. Todo cambio origina turbulencias y toda turbulencia inseguridad. Todo pasará. La seguridad se asentará. La información dejará de estar sesgada o al menos el sesgo se podrá identificar. Al final la humanidad socializada en forma de ciudadana, sabe sobreponerse a los pesares, las tragedias y mucho más aún a las turbulencias.

Cae en mi memoria aquello que dijo H.G. Wells en La Guerra de los Mundos: “Los gérmenes de las enfermedades han atacado a la humanidad desde el comienzo del mundo, exterminaron a muchos de nuestros antecesores prehumanos desde que se inició la vida en la Tierra. Pero en virtud de la selección natural de nuestra especie, la raza humana desarrolló las defensas necesarias para resistirlos. No sucumbimos sin lucha ante el ataque de los microbios, y muchas de las bacterias –las que causan la putrefacción en la materia muerta, por ejemplo– no logran arraigo alguno en nuestros cuerpos vivientes. Pero no existen las bacterias en Marte, y no bien llegaron los invasores, no bien bebieron y se alimentaron, nuestros aliados microscópicos iniciaron su obra destructora”

Hemos superado cracks financieros, guerras mundiales, civiles y frías, crisis del petróleo, etc, superaremos ahora como siempre, crisis de liderazgo, hipotecas subprime o la deuda pública, que no es otra cosa sino el préstamo que debemos pagar entre todos. Lo superaremos porque el afán por conseguirlo se encuentra en el propio germen de nuestra sociedad y de nuestra economía. El Estado del Bienestar no es la obra artificial de un grupo de talentosos gobernantes, es fruto del deseo de la voluntad de eso a lo que ha evolucionado el ser humano empeñado en vivir en sociedad como es el ciudadano.

De esta turbulencia saldremos los ciudadanos por aquello que hacemos todos los días como es querer vivir bien, querer bien a nuestras familias y querer el bien de aquéllos que están en peor situación.

De momento hace frío y hace falta que llueva ¿alguien duda de que no vendrán las lluvias y el calor?


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Surge este número en plena época de expectativa ante la aparente transición. Debemos, en consecuencia y sin falsa humildad, decir lo que pasará. Probablemente cambiará el Gobierno, probablemente el cambio en la cabecera de Justicia dará lugar al cambio en su organigrama y por tanto en la Abogacía General. Probablemente llegará un nuevo Abogado General del Estado y probablemente todos sabíamos quién iba a ser antes de su nombramiento entre una pléyade de hipotéticos candidatos aunque antes nadie lo dijera abiertamente. Probablemente, al día siguiente de estos cambios, nadie habrá cambiado la fecha de la vista en el Juzgado y a nadie le habrán retirado esa petición de informe consistente en resolver ese asunto acerca de un patrimonio yacente por todos discutido, en época remota expropiado y por unos extraños disfrutado. Nadie nos habrá cambiado la hora del despertador, nadie nos habrá quitado el atasco o el desayuno matutino –esto va por “territorios” y por caracteres–, nadie nos habrá dado la plaza anhelada ni cesado de la plaza discutida. Para casi todos, el cambio tendrá el mismo efecto resonante de la caída del árbol en la fría estepa siberiana sobre un úrsido en peligro de extinción –que no digo que no exista esta posibilidad, pero mientras no me toque no lo buscaré en la Wikipedia o enciclopedia, esto también, según caracteres–.

En definitiva, a casi nadie nos pasará nada ¿para qué preocuparse? Y sin embargo lo hacemos, lo hacemos porque nos importa, nada más. Nos preocupa porque somos un colectivo, un Cuerpo más que centenario que ha subsistido en todo tipo de climas políticos, regímenes democráticos y de los otros, movimientos ministeriales de adscripción, incompatibilidades, atribución y eliminación de competencias... y siempre hemos estado allí, preocupándonos y trabajando porque la agenda no nos la cambian, porque los problemas del Estado necesitan asistencia jurídica y porque algo de Estado somos o al menos le servimos. Mis condolencias a los úrsidos de la fría Siberia si es que existen.

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Número 35
Verdad, confianza y movimiento

Llevamos varias legislaturas en donde se nos habla del derecho de los ciudadanos a conocer la “verdad”…

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En el corazón de un Abogado del Estado, cualquiera que sea su situación administrativa o su destino, late, en primer lugar, la condición de abogado. No digo que para hacer rabiar y perder la compostura a otro abogado en un pleito, sobre todo, oral, esté feo recordarle lo que nos separa y podríamos contar mil anécdotas referentes a cuando aquél se atreve a llamarnos en juicio “compañero”, la palabra sagrada que nos une sólo a nosotros. Sin embargo, todos sabemos, por dentro, que estamos más próximos a él que a otros…

Se escribe este editorial en un momento en que la Abogacía del Estado ha salido a los medios en un asunto de gran repercusión mediática. La defensa ante la Gran Sala del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo de la denominada “doctrina Parot”. Con convicción, contundencia e inteligencia se defendieron las posiciones de España por sus magníficos Abogados.

Al Abogado del Estado le puede parecer a veces que tiene  “un cliente difícil”(lo cual probablemente llamaría a la sonrisa amable a los Abogados del Estado  excedentes); pero lo que sin duda, tiene el Abogado del Estado, en muchas ocasiones, es un trabajo difícil. Y por ello lo ejerce con tan grandes dosis de responsabilidad y dedicación. Y en todos los frentes.

Del maravilloso libro “El alma de la toga”, de D. Ángel Ossorio y Gallardo reproduzco lo que en opinión del autor es ser Abogado:

El esclarecido ministerio del asesoramiento y de la defensa, va dejando en el juicio y en el proceder unas modalidades que imprimen carácter. Por ejemplo: la fuerte definición del concepto propio y simultáneamente, la antitética disposición a abandonarle, parcial o totalmente, en bien de la paz; la rapidez en la asimilación de hechos e ideas, coincidentes con las decisiones más arriesgadas, como si fueran hijas de dilatada meditación; el olvido de la conveniencia y de la comodidad personales para anteponer el interés de quien a nosotros se confía (aspecto este en que coincidimos con los médicos); el reunir en una misma mente la elevada serenidad del patriarca y la astucia maliciosa del aldeano; el cultivar a un tiempo los secarrales legislativos y el vergel frondoso de la literatura ya que nuestra misión se expresa por medio del arte; el fomento de la paciencia sin mansedumbre para con el cliente, del respeto sin humillación para con el tribunal, de la cordialidad sin extremos amistosos para con los compañeros, de la firmeza sin amor propio para el pensamiento de uno, de la consideración sin debilidades para el de los demás”.

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Al final resulta que es la economía la que genera cohesión, integración y confianza en los elementos del Estado. Ante esta evidente realidad social, sin embargo, tenemos que tener la capacidad de, al menos, ponerla en duda. No cabe confundir medidas de racionalidad económica, reivindicaciones presupuestarias, financieras o el debate acerca de próximos, lejanos o inexistentes “rescates” con la idea de que España es un Estado fallido, de que nada sirve, todo debe desmontarse. España es el resultado del esfuerzo común de todos los españoles, del consenso de nuestra clase política avalado por la ciudadanía por el irrompible vínculo de la democracia.

 

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Verdad y confianza aparecen entonces de manera contrapuesta, como si de la verdad se pudiera conseguir generar desconfianza o como si de no contarla o ser prudentes en ello se derivara inmediata confianza.

 

En este punto cabe traer a colación lo que en hebreo significa la palabra “emunah”. Para los hebreos la verdad (“emunah”), es ante todo la seguridad o la confianza; verdadero es lo que es fiel a sí mismo y por eso digno de confianza porque da seguridad. En la filosofía clásica griega, la verdad es concebida como άλήθεια o descubrimiento del ser que se encuentra oculto por el velo de la apariencia. Por supuesto, existen infinidad de teorías filosóficas posteriores sobre esto de la “verdad”, una de las más extendidas es la de la correspondencia. Según esta teoría, la verdad consiste en una relación de adecuación o concordancia entre el entendimiento que conoce y lo real conocido como realidad.

 

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Pidiendo ya disculpas por la diatriba filosófica, la finalidad de estas breves líneas no es otra que decir que sin verdad no hay confianza, no hay seguridad. La duda sobre si se conoce en parte la verdad simplemente genera desconfianza, esto siempre ha sido así y nunca ha sido ni será de otra manera. Lo que debe generar confianza no son los gobiernos sino los Estados y esto sólo se logra si mostramos a los Estados bajo el prisma de la verdad que no es otra cosa que su realidad y de conseguir esto sí son responsables los gobiernos.

 

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Llevamos varias legislaturas en donde se nos habla del derecho de los ciudadanos a conocer la “verdad” con distintas formas y expresiones. De igual modo, llevamos ese mismo tiempo en el que se nos habla de la necesidad de actuar con prudencia, hasta con sigilo para que podamos recuperar la “confianza”; se nos dice que hay cosas que es mejor no contar para no provocar alarmas innecesarias.

 

Verdad y confianza aparecen entonces de manera contrapuesta, como si de la verdad se pudiera conseguir generar desconfianza o como si de no contarla o ser prudentes en ello se derivara inmediata confianza.

 

En este punto cabe traer a colación lo que en hebreo significa la palabra “emunah”. Para los hebreos la verdad (“emunah”), es ante todo la seguridad o la confianza; verdadero es lo que es fiel a sí mismo y por eso digno de confianza porque da seguridad. En la filosofía clásica griega, la verdad es concebida como άλήθεια o descubrimiento del ser que se encuentra oculto por el velo de la apariencia. Por supuesto, existen infinidad de teorías filosóficas posteriores sobre esto de la “verdad”, una de las más extendidas es la de la correspondencia. Según esta teoría, la verdad consiste en una relación de adecuación o concordancia entre el entendimiento que conoce y lo real conocido como realidad.

 

Lo cierto es que yo me quedo quizá con la definición dirigida hacia la consecuencia de la verdad y no con aquéllas que pretenden definirla como fin en si misma. La verdad es lo que genera seguridad y confianza porque es fiel a sí misma, a la realidad.

 

Pidiendo ya disculpas por la diatriba filosófica, la finalidad de estas breves líneas no es otra que decir que sin verdad no hay confianza, no hay seguridad. La duda sobre si se conoce en parte la verdad simplemente genera desconfianza, esto siempre ha sido así y nunca ha sido ni será de otra manera. Lo que debe generar confianza no son los gobiernos sino los Estados y esto sólo se logra si mostramos a los Estados bajo el prisma de la verdad que no es otra cosa que su realidad y de conseguir esto sí son responsables los gobiernos.

 

Los bailes de cifras, de imputación de responsabilidades por nefastas gestiones o la negación de la realidad contando con prudencia medias verdades, no permite nunca generar confianza ni en los Estados ni en los ciudadanos que los componen. La confianza es más que nada una creencia que permite estimar lo que una persona será capaz de hacer de una determinada manera frente a una situación dada, pero si no conocemos esta situación, si no conocemos la realidad, no existe opción alguna de generar confianza y por tanto, la menos mala de las consecuencias será que los ciudadanos, los trabajadores, las empresas, etcétera, no hagan nada y del inmovilismo ya se sabe lo que dicen: no va a ninguna parte.

 

Verdad, confianza y movimiento; y en ese orden, por favor.

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Toda transición obedece a un cambio y todo cambio genera expectativas mas cercanas a veces al sueño de ganancia que a la efectiva realidad. Todo cambio origina turbulencias y toda turbulencia inseguridad. Todo pasará. La seguridad se asentará. La información dejará de estar sesgada o al menos el sesgo se podrá identificar. Al final la humanidad socializada en forma de ciudadana, sabe sobreponerse a los pesares, las tragedias y mucho más aún a las turbulencias.

Cae en mi memoria aquello que dijo H.G. Wells en La Guerra de los Mundos: “Los gérmenes de las enfermedades han atacado a la humanidad desde el comienzo del mundo, exterminaron a muchos de nuestros antecesores prehumanos desde que se inició la vida en la Tierra. Pero en virtud de la selección natural de nuestra especie, la raza humana desarrolló las defensas necesarias para resistirlos. No sucumbimos sin lucha ante el ataque de los microbios, y muchas de las bacterias –las que causan la putrefacción en la materia muerta, por ejemplo– no logran arraigo alguno en nuestros cuerpos vivientes. Pero no existen las bacterias en Marte, y no bien llegaron los invasores, no bien bebieron y se alimentaron, nuestros aliados microscópicos iniciaron su obra destructora”

Hemos superado cracks financieros, guerras mundiales, civiles y frías, crisis del petróleo, etc, superaremos ahora como siempre, crisis de liderazgo, hipotecas subprime o la deuda pública, que no es otra cosa sino el préstamo que debemos pagar entre todos. Lo superaremos porque el afán por conseguirlo se encuentra en el propio germen de nuestra sociedad y de nuestra economía. El Estado del Bienestar no es la obra artificial de un grupo de talentosos gobernantes, es fruto del deseo de la voluntad de eso a lo que ha evolucionado el ser humano empeñado en vivir en sociedad como es el ciudadano.

De esta turbulencia saldremos los ciudadanos por aquello que hacemos todos los días como es querer vivir bien, querer bien a nuestras familias y querer el bien de aquéllos que están en peor situación.

De momento hace frío y hace falta que llueva ¿alguien duda de que no vendrán las lluvias y el calor?


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Surge este número en plena época de expectativa ante la aparente transición. Debemos, en consecuencia y sin falsa humildad, decir lo que pasará. Probablemente cambiará el Gobierno, probablemente el cambio en la cabecera de Justicia dará lugar al cambio en su organigrama y por tanto en la Abogacía General. Probablemente llegará un nuevo Abogado General del Estado y probablemente todos sabíamos quién iba a ser antes de su nombramiento entre una pléyade de hipotéticos candidatos aunque antes nadie lo dijera abiertamente. Probablemente, al día siguiente de estos cambios, nadie habrá cambiado la fecha de la vista en el Juzgado y a nadie le habrán retirado esa petición de informe consistente en resolver ese asunto acerca de un patrimonio yacente por todos discutido, en época remota expropiado y por unos extraños disfrutado. Nadie nos habrá cambiado la hora del despertador, nadie nos habrá quitado el atasco o el desayuno matutino –esto va por “territorios” y por caracteres–, nadie nos habrá dado la plaza anhelada ni cesado de la plaza discutida. Para casi todos, el cambio tendrá el mismo efecto resonante de la caída del árbol en la fría estepa siberiana sobre un úrsido en peligro de extinción –que no digo que no exista esta posibilidad, pero mientras no me toque no lo buscaré en la Wikipedia o enciclopedia, esto también, según caracteres–.

En definitiva, a casi nadie nos pasará nada ¿para qué preocuparse? Y sin embargo lo hacemos, lo hacemos porque nos importa, nada más. Nos preocupa porque somos un colectivo, un Cuerpo más que centenario que ha subsistido en todo tipo de climas políticos, regímenes democráticos y de los otros, movimientos ministeriales de adscripción, incompatibilidades, atribución y eliminación de competencias... y siempre hemos estado allí, preocupándonos y trabajando porque la agenda no nos la cambian, porque los problemas del Estado necesitan asistencia jurídica y porque algo de Estado somos o al menos le servimos. Mis condolencias a los úrsidos de la fría Siberia si es que existen.

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Número 33
Tiempos de cambio, una vez más

Surge este número en plena época de expectativa ante la aparente transición. Debemos,…

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Número 47


Lealtad

La diferencia entre la física cuántica y el Derecho es que la mayoría asume que de física cuántica no tiene ni idea. Sin embargo, cuando se trata del Derecho, cualquier persona se reserva no el derecho de opinar, legítimo, sino el Derecho a constituirse en “experto” en Derecho. Parecería así que el mero acceso a Facebook, Twiter o a los medios de comunicación permite, lisa y llanamente, descalificar el Derecho.

 

Desde el primer día en el que empezamos a preparar nuestro camino para ser Abogados del Estado aprendemos a respetar nuestro sistema y, sobre todo, a guardar una sincera lealtad al mismo. Nuestros preparadores, algunos de los cuales desgraciadamente nos han dejado durante los últimos meses siendo todo un ejemplo a seguir, nos enseñan con su comportamiento que el camino hacia el Derecho no se alcanza desde atajos, trampas ni medias verdades. Nos enseñan, y, muestra de ello es nuestra formación histórica relatada con maestría por Miguel Ángel Gilabert, a conocer y respetar el ordenamiento jurídico. Nos enseñan a ser leales no solamente desde el respeto a las Leyes, sino también desde el respeto a quienes tienen el deber de aplicarlas. Somos, todos, partícipes de un sistema que debe quedar regido únicamente por los dictados del principio de legalidad y en el que nos constituimos como servidores públicos y colaboradores de la Justicia. Nuestro ordenamiento jurídico  ha querido garantizar, como norma básica, la Constitución y como piedra angular del sistema la independencia judicial.

 

La lealtad es definida por nuestro diccionario de la RAE como el cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor. No vemos una forma más adecuada de definir nuestra posición profesional y nuestra actividad como Abogados del Estado.  Lealtad no es sumisión. No significa aceptar como bueno cualquier posicionamiento de la Administración a la que defendemos, ni tampoco aceptar, sin crítica alguna, las resoluciones que puedan emanar de nuestros Jueces y Tribunales. Lealtad es actuar en todo momento sabiendo que más allá de intereses personales existe un fin común. Lealtad significa saber que existen medios procesales para combatir las resoluciones que consideramos que no se ajustan a derecho. E igualmente supone conocer que nuestras Leyes son aprobadas y modificadas conforme a unas reglas predeterminadas, sujetas a controles. Únicamente desde la reflexión y el análisis técnico-jurídico podremos lograr  un ordenamiento jurídico, singularmente el penal, coherente con nuestros principios básicos. Optar por la crítica fácil, el análisis apriorístico de los problemas o, simplemente, por una posición que pretenda obtener el aplauso y no el rigor jurídico nos ha llevado a redactar más de 25 reformas del Código Penal en poco más de 20 años. No parece que sea el camino.

 

La lealtad debe ser ideología, bandera y seña de identidad de nuestro Cuerpo. Es nuestra responsabilidad y deber alcanzarla.