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El Consejo de Ministros creó en su día la llamada CORA para, en un breve plazo, tras recabar información de las Administraciones Públicas y de sus Departamentos, Consejerías, Plenos, Comisiones, órganos, Organismos y demás infinitas entidades que habitan el universo del  sector público, después de estudiar los datos y generar ideas reformadoras, emitir un informe sobre los defectos, errores, aciertos y soluciones que gravitan sobre la Administración Pública en su conjunto. Para ello se ha contado con la participación de diversos agentes sociales –entre los que se encuentra FEDECA– y sólo a través de la participación ciudadana se han recibido más de 2.000 sugerencias.

El resultado es un voluminoso informe de 250 páginas, presentado el 21 de junio de 2013 y publicado en la web de Moncloa, donde, aparte de la proposición de medidas de carácter general, se articulan las más específicas relativas a cada una de las cuatro subcomisiones en las que se dividió la CORA: Duplicidades Administrativas, Simplificación Administrativa, Gestión de Servicios y Medios Comunes y Administración Institucional. En total, 217 medidas.

Llama la atención, en primer lugar, la buena acogida de las medidas reformadoras, tanto en los medios de comunicación como incluso en los grupos políticos de oposición; cosa lamentablemente infrecuente en nuestro país, incapaz de alabar lo bueno que haga aquel a quien se considera enemigo.

Y es que la lectura del diagnóstico y de los remedios a aplicar a nuestra Administración parece, en general, salvo discrepancias concretas, plenas de sentido común. Entonces, ¿cómo es que hasta ahora se han permitido, sin poner freno ni remedio, situaciones y hechos como los que se describen en el informe, y que en algunos casos  no cabe sino tildar de espeluznantes?, ¿es que en España tiene que haber una situación crítica como la que venimos padeciendo para que nuestros gobernantes hagan sus deberes? Desde luego este informe evoca hacia el pasado malísimas decisiones de gobierno, peores prácticas de gestión, desidias, inercias y errores, incluso corrupciones y corruptelas, que caerán en el olvido de la irresponsabilidad personal pero que deberían, a todos los que nos ocupamos de la res publica, grabarnos a fuego  que a la Administración Pública hay que cuidarla y no abandonarla a la deriva, para cuando la crisis pase.

Una vez emitido el informe viene lo más difícil: ahora hay que ejecutarlo con decisión, superando cuantos obstáculos se presenten, con pleno respeto a los derechos de los abnegados servidores públicos y de los ciudadanos.

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En el corazón de un Abogado del Estado, cualquiera que sea su situación administrativa o su destino, late, en primer lugar, la condición de abogado. No digo que para hacer rabiar y perder la compostura a otro abogado en un pleito, sobre todo, oral, esté feo recordarle lo que nos separa y podríamos contar mil anécdotas referentes a cuando aquél se atreve a llamarnos en juicio “compañero”, la palabra sagrada que nos une sólo a nosotros. Sin embargo, todos sabemos, por dentro, que estamos más próximos a él que a otros…

Se escribe este editorial en un momento en que la Abogacía del Estado ha salido a los medios en un asunto de gran repercusión mediática. La defensa ante la Gran Sala del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo de la denominada “doctrina Parot”. Con convicción, contundencia e inteligencia se defendieron las posiciones de España por sus magníficos Abogados.

Al Abogado del Estado le puede parecer a veces que tiene  “un cliente difícil”(lo cual probablemente llamaría a la sonrisa amable a los Abogados del Estado  excedentes); pero lo que sin duda, tiene el Abogado del Estado, en muchas ocasiones, es un trabajo difícil. Y por ello lo ejerce con tan grandes dosis de responsabilidad y dedicación. Y en todos los frentes.

Del maravilloso libro “El alma de la toga”, de D. Ángel Ossorio y Gallardo reproduzco lo que en opinión del autor es ser Abogado:

El esclarecido ministerio del asesoramiento y de la defensa, va dejando en el juicio y en el proceder unas modalidades que imprimen carácter. Por ejemplo: la fuerte definición del concepto propio y simultáneamente, la antitética disposición a abandonarle, parcial o totalmente, en bien de la paz; la rapidez en la asimilación de hechos e ideas, coincidentes con las decisiones más arriesgadas, como si fueran hijas de dilatada meditación; el olvido de la conveniencia y de la comodidad personales para anteponer el interés de quien a nosotros se confía (aspecto este en que coincidimos con los médicos); el reunir en una misma mente la elevada serenidad del patriarca y la astucia maliciosa del aldeano; el cultivar a un tiempo los secarrales legislativos y el vergel frondoso de la literatura ya que nuestra misión se expresa por medio del arte; el fomento de la paciencia sin mansedumbre para con el cliente, del respeto sin humillación para con el tribunal, de la cordialidad sin extremos amistosos para con los compañeros, de la firmeza sin amor propio para el pensamiento de uno, de la consideración sin debilidades para el de los demás”.

Definición, sin duda, que es igualmente aplicable al Abogado del Estado.

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El desprestigio de la política, como antes el desprestigio de la función pública, parecen haberse convertido en los elementos precisos para la recuperación de no sé sabe muy bien el qué. Vivimos en tiempos de crisis económica que poco a poco se ha ido tornando en una crisis institucional que afecta aparentemente a todos los ámbitos. No vale nada para algunos: no vale nuestro modelo territorial, no vale nuestro modelo institucional, no vale nuestro modelo de representación política. El valor de los elementos estructurales de un Estado, de una nación, desaparece dentro de la crisis económica. El paro, el miedo a perder el puesto de trabajo, el miedo a no poder seguir manteniendo un determinado nivel de vida en todas sus extensiones y ramificaciones genera inmediatamente y de modo irremediable el pensamiento de que nada vale. Se pierde la confianza en los gestores políticos del bien común cuando el mismo está dañado o seriamente amenazado, se pierde la confianza en la función pública cuando los servicios que prestan no se sostienen económicamente, se pierde la confianza en un modelo constitucional de consenso de relaciones entre el Estado y sus territorios cuando se afirma que resulta deficitario económicamente.

 

Al final resulta que es la economía la que genera cohesión, integración y confianza en los elementos del Estado. Ante esta evidente realidad social, sin embargo, tenemos que tener la capacidad de, al menos, ponerla en duda. No cabe confundir medidas de racionalidad económica, reivindicaciones presupuestarias, financieras o el debate acerca de próximos, lejanos o inexistentes “rescates” con la idea de que España es un Estado fallido, de que nada sirve, todo debe desmontarse. España es el resultado del esfuerzo común de todos los españoles, del consenso de nuestra clase política avalado por la ciudadanía por el irrompible vínculo de la democracia.

 

Cabe recordar un eslogan que permitió a Bill Clinton convertirse en el Presidente de los  stados Unidos en 1992 y del cual simplemente eliminamos el epíteto final por inapropiado para estas páginas: “es la economía”.

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Llevamos varias legislaturas en donde se nos habla del derecho de los ciudadanos a conocer la “verdad” con distintas formas y expresiones. De igual modo, llevamos ese mismo tiempo en el que se nos habla de la necesidad de actuar con prudencia, hasta con sigilo para que podamos recuperar la “confianza”; se nos dice que hay cosas que es mejor no contar para no provocar alarmas innecesarias.

 

Verdad y confianza aparecen entonces de manera contrapuesta, como si de la verdad se pudiera conseguir generar desconfianza o como si de no contarla o ser prudentes en ello se derivara inmediata confianza.

 

En este punto cabe traer a colación lo que en hebreo significa la palabra “emunah”. Para los hebreos la verdad (“emunah”), es ante todo la seguridad o la confianza; verdadero es lo que es fiel a sí mismo y por eso digno de confianza porque da seguridad. En la filosofía clásica griega, la verdad es concebida como άλήθεια o descubrimiento del ser que se encuentra oculto por el velo de la apariencia. Por supuesto, existen infinidad de teorías filosóficas posteriores sobre esto de la “verdad”, una de las más extendidas es la de la correspondencia. Según esta teoría, la verdad consiste en una relación de adecuación o concordancia entre el entendimiento que conoce y lo real conocido como realidad.

 

Lo cierto es que yo me quedo quizá con la definición dirigida hacia la consecuencia de la verdad y no con aquéllas que pretenden definirla como fin en si misma. La verdad es lo que genera seguridad y confianza porque es fiel a sí misma, a la realidad.

 

Pidiendo ya disculpas por la diatriba filosófica, la finalidad de estas breves líneas no es otra que decir que sin verdad no hay confianza, no hay seguridad. La duda sobre si se conoce en parte la verdad simplemente genera desconfianza, esto siempre ha sido así y nunca ha sido ni será de otra manera. Lo que debe generar confianza no son los gobiernos sino los Estados y esto sólo se logra si mostramos a los Estados bajo el prisma de la verdad que no es otra cosa que su realidad y de conseguir esto sí son responsables los gobiernos.

 

Los bailes de cifras, de imputación de responsabilidades por nefastas gestiones o la negación de la realidad contando con prudencia medias verdades, no permite nunca generar confianza ni en los Estados ni en los ciudadanos que los componen. La confianza es más que nada una creencia que permite estimar lo que una persona será capaz de hacer de una determinada manera frente a una situación dada, pero si no conocemos esta situación, si no conocemos la realidad, no existe opción alguna de generar confianza y por tanto, la menos mala de las consecuencias será que los ciudadanos, los trabajadores, las empresas, etcétera, no hagan nada y del inmovilismo ya se sabe lo que dicen: no va a ninguna parte.

 

Verdad, confianza y movimiento; y en ese orden, por favor.

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Toda transición obedece a un cambio y todo cambio genera expectativas mas cercanas a veces al sueño de ganancia que a la efectiva realidad. Todo cambio origina turbulencias y toda turbulencia inseguridad. Todo pasará. La seguridad se asentará. La información dejará de estar sesgada o al menos el sesgo se podrá identificar. Al final la humanidad socializada en forma de ciudadana, sabe sobreponerse a los pesares, las tragedias y mucho más aún a las turbulencias.

Cae en mi memoria aquello que dijo H.G. Wells en La Guerra de los Mundos: “Los gérmenes de las enfermedades han atacado a la humanidad desde el comienzo del mundo, exterminaron a muchos de nuestros antecesores prehumanos desde que se inició la vida en la Tierra. Pero en virtud de la selección natural de nuestra especie, la raza humana desarrolló las defensas necesarias para resistirlos. No sucumbimos sin lucha ante el ataque de los microbios, y muchas de las bacterias –las que causan la putrefacción en la materia muerta, por ejemplo– no logran arraigo alguno en nuestros cuerpos vivientes. Pero no existen las bacterias en Marte, y no bien llegaron los invasores, no bien bebieron y se alimentaron, nuestros aliados microscópicos iniciaron su obra destructora”

Hemos superado cracks financieros, guerras mundiales, civiles y frías, crisis del petróleo, etc, superaremos ahora como siempre, crisis de liderazgo, hipotecas subprime o la deuda pública, que no es otra cosa sino el préstamo que debemos pagar entre todos. Lo superaremos porque el afán por conseguirlo se encuentra en el propio germen de nuestra sociedad y de nuestra economía. El Estado del Bienestar no es la obra artificial de un grupo de talentosos gobernantes, es fruto del deseo de la voluntad de eso a lo que ha evolucionado el ser humano empeñado en vivir en sociedad como es el ciudadano.

De esta turbulencia saldremos los ciudadanos por aquello que hacemos todos los días como es querer vivir bien, querer bien a nuestras familias y querer el bien de aquéllos que están en peor situación.

De momento hace frío y hace falta que llueva ¿alguien duda de que no vendrán las lluvias y el calor?


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La Comisión para la Reforma de las Administraciones Públicas

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Una vez emitido el informe viene lo más difícil: ahora hay que ejecutarlo con decisión, superando cuantos obstáculos se presenten, con pleno respeto a los derechos de los abnegados servidores públicos y de los ciudadanos.

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Del maravilloso libro “El alma de la toga”, de D. Ángel Ossorio y Gallardo reproduzco lo que en opinión del autor es ser Abogado:

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Y es que la lectura del diagnóstico y de los remedios a aplicar a nuestra Administración parece, en general, salvo discrepancias concretas, plenas de sentido común. Entonces, ¿cómo es que hasta ahora se han permitido, sin poner freno ni remedio, situaciones y hechos como los que se describen en el informe, y que en algunos casos  no cabe sino tildar de espeluznantes?, ¿es que en España tiene que haber una situación crítica como la que venimos padeciendo para que nuestros gobernantes hagan sus deberes? Desde luego este informe evoca hacia el pasado malísimas decisiones de gobierno, peores prácticas de gestión, desidias, inercias y errores, incluso corrupciones y corruptelas, que caerán en el olvido de la irresponsabilidad personal pero que deberían, a todos los que nos ocupamos de la res publica, grabarnos a fuego  que a la Administración Pública hay que cuidarla y no abandonarla a la deriva, para cuando la crisis pase.

Una vez emitido el informe viene lo más difícil: ahora hay que ejecutarlo con decisión, superando cuantos obstáculos se presenten, con pleno respeto a los derechos de los abnegados servidores públicos y de los ciudadanos.

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En el corazón de un Abogado del Estado, cualquiera que sea su situación administrativa o su destino, late, en primer lugar, la condición de abogado. No digo que para hacer rabiar y perder la compostura a otro abogado en un pleito, sobre todo, oral, esté feo recordarle lo que nos separa y podríamos contar mil anécdotas referentes a cuando aquél se atreve a llamarnos en juicio “compañero”, la palabra sagrada que nos une sólo a nosotros. Sin embargo, todos sabemos, por dentro, que estamos más próximos a él que a otros…

Se escribe este editorial en un momento en que la Abogacía del Estado ha salido a los medios en un asunto de gran repercusión mediática. La defensa ante la Gran Sala del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo de la denominada “doctrina Parot”. Con convicción, contundencia e inteligencia se defendieron las posiciones de España por sus magníficos Abogados.

Al Abogado del Estado le puede parecer a veces que tiene  “un cliente difícil”(lo cual probablemente llamaría a la sonrisa amable a los Abogados del Estado  excedentes); pero lo que sin duda, tiene el Abogado del Estado, en muchas ocasiones, es un trabajo difícil. Y por ello lo ejerce con tan grandes dosis de responsabilidad y dedicación. Y en todos los frentes.

Del maravilloso libro “El alma de la toga”, de D. Ángel Ossorio y Gallardo reproduzco lo que en opinión del autor es ser Abogado:

El esclarecido ministerio del asesoramiento y de la defensa, va dejando en el juicio y en el proceder unas modalidades que imprimen carácter. Por ejemplo: la fuerte definición del concepto propio y simultáneamente, la antitética disposición a abandonarle, parcial o totalmente, en bien de la paz; la rapidez en la asimilación de hechos e ideas, coincidentes con las decisiones más arriesgadas, como si fueran hijas de dilatada meditación; el olvido de la conveniencia y de la comodidad personales para anteponer el interés de quien a nosotros se confía (aspecto este en que coincidimos con los médicos); el reunir en una misma mente la elevada serenidad del patriarca y la astucia maliciosa del aldeano; el cultivar a un tiempo los secarrales legislativos y el vergel frondoso de la literatura ya que nuestra misión se expresa por medio del arte; el fomento de la paciencia sin mansedumbre para con el cliente, del respeto sin humillación para con el tribunal, de la cordialidad sin extremos amistosos para con los compañeros, de la firmeza sin amor propio para el pensamiento de uno, de la consideración sin debilidades para el de los demás”.

Definición, sin duda, que es igualmente aplicable al Abogado del Estado.

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El desprestigio de la política, como antes el desprestigio de la función pública, parecen haberse convertido en los elementos precisos para la recuperación de no sé sabe muy bien el qué. Vivimos en tiempos de crisis económica que poco a poco se ha ido tornando en una crisis institucional que afecta aparentemente a todos los ámbitos. No vale nada para algunos: no vale nuestro modelo territorial, no vale nuestro modelo institucional, no vale nuestro modelo de representación política. El valor de los elementos estructurales de un Estado, de una nación, desaparece dentro de la crisis económica. El paro, el miedo a perder el puesto de trabajo, el miedo a no poder seguir manteniendo un determinado nivel de vida en todas sus extensiones y ramificaciones genera inmediatamente y de modo irremediable el pensamiento de que nada vale. Se pierde la confianza en los gestores políticos del bien común cuando el mismo está dañado o seriamente amenazado, se pierde la confianza en la función pública cuando los servicios que prestan no se sostienen económicamente, se pierde la confianza en un modelo constitucional de consenso de relaciones entre el Estado y sus territorios cuando se afirma que resulta deficitario económicamente.

 

Al final resulta que es la economía la que genera cohesión, integración y confianza en los elementos del Estado. Ante esta evidente realidad social, sin embargo, tenemos que tener la capacidad de, al menos, ponerla en duda. No cabe confundir medidas de racionalidad económica, reivindicaciones presupuestarias, financieras o el debate acerca de próximos, lejanos o inexistentes “rescates” con la idea de que España es un Estado fallido, de que nada sirve, todo debe desmontarse. España es el resultado del esfuerzo común de todos los españoles, del consenso de nuestra clase política avalado por la ciudadanía por el irrompible vínculo de la democracia.

 

Cabe recordar un eslogan que permitió a Bill Clinton convertirse en el Presidente de los  stados Unidos en 1992 y del cual simplemente eliminamos el epíteto final por inapropiado para estas páginas: “es la economía”.

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Llevamos varias legislaturas en donde se nos habla del derecho de los ciudadanos a conocer la “verdad” con distintas formas y expresiones. De igual modo, llevamos ese mismo tiempo en el que se nos habla de la necesidad de actuar con prudencia, hasta con sigilo para que podamos recuperar la “confianza”; se nos dice que hay cosas que es mejor no contar para no provocar alarmas innecesarias.

 

Verdad y confianza aparecen entonces de manera contrapuesta, como si de la verdad se pudiera conseguir generar desconfianza o como si de no contarla o ser prudentes en ello se derivara inmediata confianza.

 

En este punto cabe traer a colación lo que en hebreo significa la palabra “emunah”. Para los hebreos la verdad (“emunah”), es ante todo la seguridad o la confianza; verdadero es lo que es fiel a sí mismo y por eso digno de confianza porque da seguridad. En la filosofía clásica griega, la verdad es concebida como άλήθεια o descubrimiento del ser que se encuentra oculto por el velo de la apariencia. Por supuesto, existen infinidad de teorías filosóficas posteriores sobre esto de la “verdad”, una de las más extendidas es la de la correspondencia. Según esta teoría, la verdad consiste en una relación de adecuación o concordancia entre el entendimiento que conoce y lo real conocido como realidad.

 

Lo cierto es que yo me quedo quizá con la definición dirigida hacia la consecuencia de la verdad y no con aquéllas que pretenden definirla como fin en si misma. La verdad es lo que genera seguridad y confianza porque es fiel a sí misma, a la realidad.

 

Pidiendo ya disculpas por la diatriba filosófica, la finalidad de estas breves líneas no es otra que decir que sin verdad no hay confianza, no hay seguridad. La duda sobre si se conoce en parte la verdad simplemente genera desconfianza, esto siempre ha sido así y nunca ha sido ni será de otra manera. Lo que debe generar confianza no son los gobiernos sino los Estados y esto sólo se logra si mostramos a los Estados bajo el prisma de la verdad que no es otra cosa que su realidad y de conseguir esto sí son responsables los gobiernos.

 

Los bailes de cifras, de imputación de responsabilidades por nefastas gestiones o la negación de la realidad contando con prudencia medias verdades, no permite nunca generar confianza ni en los Estados ni en los ciudadanos que los componen. La confianza es más que nada una creencia que permite estimar lo que una persona será capaz de hacer de una determinada manera frente a una situación dada, pero si no conocemos esta situación, si no conocemos la realidad, no existe opción alguna de generar confianza y por tanto, la menos mala de las consecuencias será que los ciudadanos, los trabajadores, las empresas, etcétera, no hagan nada y del inmovilismo ya se sabe lo que dicen: no va a ninguna parte.

 

Verdad, confianza y movimiento; y en ese orden, por favor.

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Toda transición obedece a un cambio y todo cambio genera expectativas mas cercanas a veces al sueño de ganancia que a la efectiva realidad. Todo cambio origina turbulencias y toda turbulencia inseguridad. Todo pasará. La seguridad se asentará. La información dejará de estar sesgada o al menos el sesgo se podrá identificar. Al final la humanidad socializada en forma de ciudadana, sabe sobreponerse a los pesares, las tragedias y mucho más aún a las turbulencias.

Cae en mi memoria aquello que dijo H.G. Wells en La Guerra de los Mundos: “Los gérmenes de las enfermedades han atacado a la humanidad desde el comienzo del mundo, exterminaron a muchos de nuestros antecesores prehumanos desde que se inició la vida en la Tierra. Pero en virtud de la selección natural de nuestra especie, la raza humana desarrolló las defensas necesarias para resistirlos. No sucumbimos sin lucha ante el ataque de los microbios, y muchas de las bacterias –las que causan la putrefacción en la materia muerta, por ejemplo– no logran arraigo alguno en nuestros cuerpos vivientes. Pero no existen las bacterias en Marte, y no bien llegaron los invasores, no bien bebieron y se alimentaron, nuestros aliados microscópicos iniciaron su obra destructora”

Hemos superado cracks financieros, guerras mundiales, civiles y frías, crisis del petróleo, etc, superaremos ahora como siempre, crisis de liderazgo, hipotecas subprime o la deuda pública, que no es otra cosa sino el préstamo que debemos pagar entre todos. Lo superaremos porque el afán por conseguirlo se encuentra en el propio germen de nuestra sociedad y de nuestra economía. El Estado del Bienestar no es la obra artificial de un grupo de talentosos gobernantes, es fruto del deseo de la voluntad de eso a lo que ha evolucionado el ser humano empeñado en vivir en sociedad como es el ciudadano.

De esta turbulencia saldremos los ciudadanos por aquello que hacemos todos los días como es querer vivir bien, querer bien a nuestras familias y querer el bien de aquéllos que están en peor situación.

De momento hace frío y hace falta que llueva ¿alguien duda de que no vendrán las lluvias y el calor?


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Número 36
Es la economía...

El desprestigio de la política, como antes el desprestigio de la función pública, parecen…

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El Consejo de Ministros creó en su día la llamada CORA para, en un breve plazo, tras recabar información de las Administraciones Públicas y de sus Departamentos, Consejerías, Plenos, Comisiones, órganos, Organismos y demás infinitas entidades que habitan el universo del  sector público, después de estudiar los datos y generar ideas reformadoras, emitir un informe sobre los defectos, errores, aciertos y soluciones que gravitan sobre la Administración Pública en su conjunto. Para ello se ha contado con la participación de diversos agentes sociales –entre los que se encuentra FEDECA– y sólo a través de la participación ciudadana se han recibido más de 2.000 sugerencias.

El resultado es un voluminoso informe de 250 páginas, presentado el 21 de junio de 2013 y publicado en la web de Moncloa, donde, aparte de la proposición de medidas de carácter general, se articulan las más específicas relativas a cada una de las cuatro subcomisiones en las que se dividió la CORA: Duplicidades Administrativas, Simplificación Administrativa, Gestión de Servicios y Medios Comunes y Administración Institucional. En total, 217 medidas.

Llama la atención, en primer lugar, la buena acogida de las medidas reformadoras, tanto en los medios de comunicación como incluso en los grupos políticos de oposición; cosa lamentablemente infrecuente en nuestro país, incapaz de alabar lo bueno que haga aquel a quien se considera enemigo.

Y es que la lectura del diagnóstico y de los remedios a aplicar a nuestra Administración parece, en general, salvo discrepancias concretas, plenas de sentido común. Entonces, ¿cómo es que hasta ahora se han permitido, sin poner freno ni remedio, situaciones y hechos como los que se describen en el informe, y que en algunos casos  no cabe sino tildar de espeluznantes?, ¿es que en España tiene que haber una situación crítica como la que venimos padeciendo para que nuestros gobernantes hagan sus deberes? Desde luego este informe evoca hacia el pasado malísimas decisiones de gobierno, peores prácticas de gestión, desidias, inercias y errores, incluso corrupciones y corruptelas, que caerán en el olvido de la irresponsabilidad personal pero que deberían, a todos los que nos ocupamos de la res publica, grabarnos a fuego  que a la Administración Pública hay que cuidarla y no abandonarla a la deriva, para cuando la crisis pase.

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Se escribe este editorial en un momento en que la Abogacía del Estado ha salido a los medios en un asunto de gran repercusión mediática. La defensa ante la Gran Sala del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo de la denominada “doctrina Parot”. Con convicción, contundencia e inteligencia se defendieron las posiciones de España por sus magníficos Abogados.

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Del maravilloso libro “El alma de la toga”, de D. Ángel Ossorio y Gallardo reproduzco lo que en opinión del autor es ser Abogado:

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Al final resulta que es la economía la que genera cohesión, integración y confianza en los elementos del Estado. Ante esta evidente realidad social, sin embargo, tenemos que tener la capacidad de, al menos, ponerla en duda. No cabe confundir medidas de racionalidad económica, reivindicaciones presupuestarias, financieras o el debate acerca de próximos, lejanos o inexistentes “rescates” con la idea de que España es un Estado fallido, de que nada sirve, todo debe desmontarse. España es el resultado del esfuerzo común de todos los españoles, del consenso de nuestra clase política avalado por la ciudadanía por el irrompible vínculo de la democracia.

 

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En el corazón de un Abogado del Estado, cualquiera que sea su situación administrativa o su destino, late, en primer lugar, la condición de abogado. No digo que para hacer rabiar y perder la compostura a otro abogado en un pleito, sobre todo, oral, esté feo recordarle lo que nos separa y podríamos contar mil anécdotas referentes a cuando aquél se atreve a llamarnos en juicio “compañero”, la palabra sagrada que nos une sólo a nosotros. Sin embargo, todos sabemos, por dentro, que estamos más próximos a él que a otros…

Se escribe este editorial en un momento en que la Abogacía del Estado ha salido a los medios en un asunto de gran repercusión mediática. La defensa ante la Gran Sala del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo de la denominada “doctrina Parot”. Con convicción, contundencia e inteligencia se defendieron las posiciones de España por sus magníficos Abogados.

Al Abogado del Estado le puede parecer a veces que tiene  “un cliente difícil”(lo cual probablemente llamaría a la sonrisa amable a los Abogados del Estado  excedentes); pero lo que sin duda, tiene el Abogado del Estado, en muchas ocasiones, es un trabajo difícil. Y por ello lo ejerce con tan grandes dosis de responsabilidad y dedicación. Y en todos los frentes.

Del maravilloso libro “El alma de la toga”, de D. Ángel Ossorio y Gallardo reproduzco lo que en opinión del autor es ser Abogado:

El esclarecido ministerio del asesoramiento y de la defensa, va dejando en el juicio y en el proceder unas modalidades que imprimen carácter. Por ejemplo: la fuerte definición del concepto propio y simultáneamente, la antitética disposición a abandonarle, parcial o totalmente, en bien de la paz; la rapidez en la asimilación de hechos e ideas, coincidentes con las decisiones más arriesgadas, como si fueran hijas de dilatada meditación; el olvido de la conveniencia y de la comodidad personales para anteponer el interés de quien a nosotros se confía (aspecto este en que coincidimos con los médicos); el reunir en una misma mente la elevada serenidad del patriarca y la astucia maliciosa del aldeano; el cultivar a un tiempo los secarrales legislativos y el vergel frondoso de la literatura ya que nuestra misión se expresa por medio del arte; el fomento de la paciencia sin mansedumbre para con el cliente, del respeto sin humillación para con el tribunal, de la cordialidad sin extremos amistosos para con los compañeros, de la firmeza sin amor propio para el pensamiento de uno, de la consideración sin debilidades para el de los demás”.

Definición, sin duda, que es igualmente aplicable al Abogado del Estado.

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El desprestigio de la política, como antes el desprestigio de la función pública, parecen haberse convertido en los elementos precisos para la recuperación de no sé sabe muy bien el qué. Vivimos en tiempos de crisis económica que poco a poco se ha ido tornando en una crisis institucional que afecta aparentemente a todos los ámbitos. No vale nada para algunos: no vale nuestro modelo territorial, no vale nuestro modelo institucional, no vale nuestro modelo de representación política. El valor de los elementos estructurales de un Estado, de una nación, desaparece dentro de la crisis económica. El paro, el miedo a perder el puesto de trabajo, el miedo a no poder seguir manteniendo un determinado nivel de vida en todas sus extensiones y ramificaciones genera inmediatamente y de modo irremediable el pensamiento de que nada vale. Se pierde la confianza en los gestores políticos del bien común cuando el mismo está dañado o seriamente amenazado, se pierde la confianza en la función pública cuando los servicios que prestan no se sostienen económicamente, se pierde la confianza en un modelo constitucional de consenso de relaciones entre el Estado y sus territorios cuando se afirma que resulta deficitario económicamente.

 

Al final resulta que es la economía la que genera cohesión, integración y confianza en los elementos del Estado. Ante esta evidente realidad social, sin embargo, tenemos que tener la capacidad de, al menos, ponerla en duda. No cabe confundir medidas de racionalidad económica, reivindicaciones presupuestarias, financieras o el debate acerca de próximos, lejanos o inexistentes “rescates” con la idea de que España es un Estado fallido, de que nada sirve, todo debe desmontarse. España es el resultado del esfuerzo común de todos los españoles, del consenso de nuestra clase política avalado por la ciudadanía por el irrompible vínculo de la democracia.

 

Cabe recordar un eslogan que permitió a Bill Clinton convertirse en el Presidente de los  stados Unidos en 1992 y del cual simplemente eliminamos el epíteto final por inapropiado para estas páginas: “es la economía”.

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Llevamos varias legislaturas en donde se nos habla del derecho de los ciudadanos a conocer la “verdad” con distintas formas y expresiones. De igual modo, llevamos ese mismo tiempo en el que se nos habla de la necesidad de actuar con prudencia, hasta con sigilo para que podamos recuperar la “confianza”; se nos dice que hay cosas que es mejor no contar para no provocar alarmas innecesarias.

 

Verdad y confianza aparecen entonces de manera contrapuesta, como si de la verdad se pudiera conseguir generar desconfianza o como si de no contarla o ser prudentes en ello se derivara inmediata confianza.

 

En este punto cabe traer a colación lo que en hebreo significa la palabra “emunah”. Para los hebreos la verdad (“emunah”), es ante todo la seguridad o la confianza; verdadero es lo que es fiel a sí mismo y por eso digno de confianza porque da seguridad. En la filosofía clásica griega, la verdad es concebida como άλήθεια o descubrimiento del ser que se encuentra oculto por el velo de la apariencia. Por supuesto, existen infinidad de teorías filosóficas posteriores sobre esto de la “verdad”, una de las más extendidas es la de la correspondencia. Según esta teoría, la verdad consiste en una relación de adecuación o concordancia entre el entendimiento que conoce y lo real conocido como realidad.

 

Lo cierto es que yo me quedo quizá con la definición dirigida hacia la consecuencia de la verdad y no con aquéllas que pretenden definirla como fin en si misma. La verdad es lo que genera seguridad y confianza porque es fiel a sí misma, a la realidad.

 

Pidiendo ya disculpas por la diatriba filosófica, la finalidad de estas breves líneas no es otra que decir que sin verdad no hay confianza, no hay seguridad. La duda sobre si se conoce en parte la verdad simplemente genera desconfianza, esto siempre ha sido así y nunca ha sido ni será de otra manera. Lo que debe generar confianza no son los gobiernos sino los Estados y esto sólo se logra si mostramos a los Estados bajo el prisma de la verdad que no es otra cosa que su realidad y de conseguir esto sí son responsables los gobiernos.

 

Los bailes de cifras, de imputación de responsabilidades por nefastas gestiones o la negación de la realidad contando con prudencia medias verdades, no permite nunca generar confianza ni en los Estados ni en los ciudadanos que los componen. La confianza es más que nada una creencia que permite estimar lo que una persona será capaz de hacer de una determinada manera frente a una situación dada, pero si no conocemos esta situación, si no conocemos la realidad, no existe opción alguna de generar confianza y por tanto, la menos mala de las consecuencias será que los ciudadanos, los trabajadores, las empresas, etcétera, no hagan nada y del inmovilismo ya se sabe lo que dicen: no va a ninguna parte.

 

Verdad, confianza y movimiento; y en ese orden, por favor.

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Toda transición obedece a un cambio y todo cambio genera expectativas mas cercanas a veces al sueño de ganancia que a la efectiva realidad. Todo cambio origina turbulencias y toda turbulencia inseguridad. Todo pasará. La seguridad se asentará. La información dejará de estar sesgada o al menos el sesgo se podrá identificar. Al final la humanidad socializada en forma de ciudadana, sabe sobreponerse a los pesares, las tragedias y mucho más aún a las turbulencias.

Cae en mi memoria aquello que dijo H.G. Wells en La Guerra de los Mundos: “Los gérmenes de las enfermedades han atacado a la humanidad desde el comienzo del mundo, exterminaron a muchos de nuestros antecesores prehumanos desde que se inició la vida en la Tierra. Pero en virtud de la selección natural de nuestra especie, la raza humana desarrolló las defensas necesarias para resistirlos. No sucumbimos sin lucha ante el ataque de los microbios, y muchas de las bacterias –las que causan la putrefacción en la materia muerta, por ejemplo– no logran arraigo alguno en nuestros cuerpos vivientes. Pero no existen las bacterias en Marte, y no bien llegaron los invasores, no bien bebieron y se alimentaron, nuestros aliados microscópicos iniciaron su obra destructora”

Hemos superado cracks financieros, guerras mundiales, civiles y frías, crisis del petróleo, etc, superaremos ahora como siempre, crisis de liderazgo, hipotecas subprime o la deuda pública, que no es otra cosa sino el préstamo que debemos pagar entre todos. Lo superaremos porque el afán por conseguirlo se encuentra en el propio germen de nuestra sociedad y de nuestra economía. El Estado del Bienestar no es la obra artificial de un grupo de talentosos gobernantes, es fruto del deseo de la voluntad de eso a lo que ha evolucionado el ser humano empeñado en vivir en sociedad como es el ciudadano.

De esta turbulencia saldremos los ciudadanos por aquello que hacemos todos los días como es querer vivir bien, querer bien a nuestras familias y querer el bien de aquéllos que están en peor situación.

De momento hace frío y hace falta que llueva ¿alguien duda de que no vendrán las lluvias y el calor?


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Número 34
Sobre la confianza y la superación

Toda transición obedece a un cambio y todo cambio genera expectativas mas cercanas a veces al sueño…

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Número 48


Valores

Basta asomarse al diccionario de nuestra Real Academia de la Lengua para constatar la riqueza polisémica de los “valores”. Hasta nueve son las acepciones que posee una palabra, que, sin duda, describe en múltiples de ellas lo que creemos que debe ser la Abogacía del Estado. Así, con arreglo a la primera de estas acepciones, no parece que pueda cuestionarse el grado de aptitud de la Abogacía del Estado para satisfacer las necesidades que motivaron su aparición en el mundo jurídico, como defensa  especializada y profesionalizada de la Administración, recientemente reivindicada en la Sentencia 288/2018 del pasado 14 de Junio de la Salan Segunda del Tribunal Supremo.

 

Tampoco creemos que pueda cuestionarse nuestro valor en cuanto a la significación de las funciones consultivas o contenciosas que nos atribuye la Ley 52/1997 de 27 de noviembre. En dicha significación, cobra singular relevancia la subsistencia y firmeza de nuestros criterios, que deben quedar asentados sobre una recta interpretación de las normas jurídicas, que son el eje, no olvidemos, de nuestra formación, desarrollada a través de un exigente procedimiento de selección, en el que encontramos tanto aspectos teóricos como prácticos. Una formación y un valor que no culmina en modo alguno con nuestra oposición, sino que se desarrolla durante nuestra carrera profesional, de cuya excelencia son un buen ejemplo los compañeros a los que año tras año rendimos homenaje durante el mes de Junio.

 

La eficacia o virtud de la Abogacía del Estado para defender los intereses de la Administración es algo que puede constatarse día a día en los Juzgados y Tribunales de España y en las sedes de las distintas Administraciones y Entes a los que prestamos asesoramiento en derecho. Y es precisamente esa eficacia, entre otros factores, la que tiene como rédito o fruto el que, durante más de 135 años, haya sido la Abogacía del Estado un referente en el estudio y ejercicio de la práctica del Derecho, tanto dentro de la Administración como fuera de ella, a través de los compañeros que, por unas razones u otras, pasan a su ejercicio a través de la excedencia voluntaria o los servicios especiales.

 

Probablemente desde esa eficacia, se entiendan las razones que nos llevan a “acometer resueltamente grandes empresas y a arrostrar los peligros”, adentrándonos en ámbitos jurídicos hoy conocidos, pero grandes desconocidos en épocas pretéritas, como el Derecho Comunitario, con excelentes compañeros en las más altas responsabilidades de las instituciones europeas, el Arbitraje, el Derecho Concursal, el Derecho Laboral o el Derecho Penal, ámbitos en los que, cada día más, se requiere y exige nuestra presencia y valor. Y, probablemente como suma de todas estas circunstancias, se nos atribuye una especial cualidad positiva para la actividad del derecho, que es la que debemos preservar. Nos corresponde potenciar la unidad en la defensa de nuestros valores  y  en la defensa del Estado de Derecho. De nosotros depende que sigamos manteniendo nuestro valor, en todas las acepciones posibles. Es un reto, pero, con todas las dificultades y defectos propios de cada “casa”, debemos conseguirlo.