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No le faltaba razón a Albert Camus cuando razonaba “porque, después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”. Cualquiera que haya tenido la suerte de poder practicar un deporte, bien sabe lo certero del razonamiento de Camus. Principios básicos, como el de respetar las normas y el adversario, saber ganar y saber perder, esforzarse sin saber el resultado o tomar conciencia de que la propia pereza condena a tu equipo, se aprenden día a días gracias a este deporte. Principios todos ellos que dicho sea de paso, bien hacemos en recordar para el ejercicio diario de nuestra profesión como Abogados del Estado.

Ante la grandeza de este deporte, al que podrían asimilarse cualesquiera otros que participan de estos principios, debe exigirse a quienes lo practican un mínimo rigor en su comportamiento, dentro del terreno de juego y en sus declaraciones públicas. Son ellos quienes tienen el deber moral de hacer respetar un deporte del que tanto se puede y se debe aprender. Sin embargo, desgraciadamente, en tiempos recientes se ha perdido buena parte de ese espíritu, amplificándose sobremanera cualquier cuestión que pueda tener algo que ver con este deporte y, lo que es peor, dando verdadera carta de naturaleza a declaraciones que son ajenas a la esencia del juego, que tanto enseñó al gran Camus.

Ante este fenómeno expansivo del fútbol, solamente pueden adoptarse dos posturas. La primera, acrítica, es asumir que las cosas son así y que no merece la pena intentar explicar determinados comportamientos o situaciones. La segunda, más acorde con los valores que inspiran nuestro Cuerpo, debe ser la de contestar, sin responder, a quienes puedan atacar nuestra función empleando para ello el magnífico altavoz que les proporciona este deporte.

Desde la Asociación, entendemos que debemos seguir esta segunda línea. Cuando se pretende atacar nuestra labor, desde afirmaciones inverosímiles, debemos contestar, explicando didácticamente nuestra función y valores, que deben estar muy por encima de las manifestaciones públicas que pueda realizar quien, sin saber, quiere adoctrinar sobre algo tan serio en nuestro país como es el ejercicio de la acción penal. No se trata de responder, entrar en debates o salir de nuestro hábitat natural, que preside nuestro día a día en los tribunales de justicia o en funciones consultivas. Se trata, en suma, de aplicar una de las reglas esenciales de este deporte. Ante un ataque, hay que defenderse, respetando las reglas y sabiendo que en este caso, como debería ocurrir en posibles y futuros eventos, nuestra respuesta es necesaria para no perder nuestro partido: la defensa de la legalidad y de la honestidad de nuestra función. Asumamos todos que este partido tenemos que ganarlo y que siempre jugaremos mejor juntos que separados. No es solamente fútbol.

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Una de las composiciones más conocidas del reciente Premio Nobel de Literatura se titula “los tiempos están cambiando”. Publicada allá por el año 1964, transmite un mensaje plenamente actual, al poner de manifiesto la necesidad de que sepamos adaptarnos en cada momento a los cambios que se impulsan a nuestro alrededor.

Nunca hemos sido los Abogados del Estado objeto de comentario en la prensa o en los medios; antes bien, siempre hemos preferido mantener nuestra labor en un discreto segundo plano, haciendo valer nuestros argumentos en nuestro hábitat natural que no es otro que las Salas de los Tribunales de Justicia y nuestros informes.

Sin embargo, como nos recuerda Dylan, los tiempos están cambiando. En los últimos meses, han sido varios los artículos de prensa que han cuestionado nuestra labor profesional e incluso nuestra independencia. Al amparo de titulares llamativos, referidos a una conocida serie de los años 80 o a un supuesto ataque a las víctimas del terrorismo, se pretende desvirtuar nuestro ejercicio profesional. A tal efecto, se acude al sofisma de las mal llamadas “puertas giratorias”, se pretende deslizar indebidos tratos de favor o de pretendido “castigo” al justiciable en función de criterios políticos.

Nada más lejos de la realidad. Si algo caracteriza nuestro trabajo como Abogados del Estado es el absoluto respeto por el principio de legalidad y la defensa de los intereses de la Administración. Así ha acontecido respecto de quienes han sido cuestionados en la prensa.

Por otra parte, si determinados compañeros deciden acceder a la situación de excedencia voluntaria, común a todo el conjunto de la función pública, no puede ello servir como “ariete” para cuestionar sin base fáctica alguna su labor previa al pase a dicha excedencia o la de quienes continúan en servicio activo. Esta imagen transmitida en los últimos meses no nos representa.

Ante la inminente formación de Gobierno, quizá sea uno de los principales retos de nuestro Cuerpo el de saber transmitir nuestra realidad profesional, nuestra dedicación al servicio público y el derecho de quienes deciden pasar a la situación de excedencia particular. Quede constancia de ello en la que debe ser uno de los pilares de nuestra comunicación: nuestra Revista.

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Estamos asistiendo en los últimos tiempos a una masiva aparición de la Abogacía del Estado en los medios de comunicación. A veces, para mal; a veces, para bien. En este mismo número de la Revista se habla de algún caso muy significativo.

 

Lo cierto es que vivimos en el mundo de la comunicación, de los medios y de la opinión pública. Y resulta imposible sustraerse del eco mediático teniendo en cuenta los asuntos de interés público en los que participamos con mayor o menor protagonismo.

 

Dentro del Cuerpo hay que quien añora épocas pasadas cuando nadie se fijaba en nosotros. Pero nuestra imagen, nuestro significado en la sociedad española, no nos es disponible, no depende de nuestra voluntad, sino de la de otros, de profesionales de la comunicación que deciden, sin pedir permiso, lo que cuentan y lo que no y cómo lo cuentan. Resulta francamente inconcebible que nuestro papel en tantas causas penales o frente al problema del independentismo catalán no sea publicado cuando el Gobierno le dice a los españoles que el asunto está “en manos de la Abogacía del Estado”. Lo que, por cierto, es garantía de solvencia en la adopción de soluciones.

 

Esconder la cabeza debajo del ala o la cabeza en un hoyo en la tierra como el avestruz no es una solución sensata a esta situación. Reconociendo que desde luego ésta es muchas veces muy incómoda.

 

A la par, los asuntos que gestionamos exigen discreción máxima. Es obligación del funcionario guardar reserva sobre los asuntos que se gestionan. Claro que la Ley también ordena a autoridades, funcionarios y profesionales de la Justicia el secreto de los sumarios bajo sanción penal y nada más que leer lo anterior es imposible no sonreír. Resulta llamativo que nadie haya sido condenado por revelar el secreto de un sumario, pero es así. El delito de descubrimiento y revelación de secretos sobre esta cuestión concreta ha sido derogado por desuetudo.

 

Además, no nos sentimos cómodos en este mundo, ante los focos, porque no es propio de nuestra condición de abogados y de la forma en la que desarrollamos nuestra profesión, de manera tranquila, silenciosa y responsable, adoptando los políticos y los gestores las decisiones y poniéndose ellos ante las cámaras. No se interviene en un pleito ni se hace un informe en un plató de televisión…

 

Cuando estás en determinados puestos, se hace inevitable el contacto con los profesionales de los medios, que te están esperando a la salida de unas declaraciones y te ruegan que compartas con ellos algo que nunca puedes decirles. Al final terminan conociendo por los abogados de la otra parte su interpretación de los hechos y lógicamente no tienen mayor interés en juzgarnos con equidad.

 

Parece indispensable que este problema se aborde por la Dirección con criterios actuales. Resulta impensable que podamos volver a realizar nuestra profesión ajenos a la publicidad. Este mismo Gobierno ha publicado leyes de transparencia que se fundan en el principio de que “el pueblo tiene derecho a saber”. ¿Estamos preparados para ello? No, no lo estamos. Es imprescindible que este despacho público de abogados considere seriamente ponerse en manos de profesionales de la comunicación que consigan que el nombre del compañero no salga a la luz pública y que pueda transmitir mensajes institucionales al margen de la actuación de este o aquel Abogado del Estado. Si no, muchos de nosotros que jugamos el partido en primera línea seguiremos en la más absoluta indefensión frente a la opinión pública, carecemos por completo de voz. Y hoy no hay nada peor.

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Viene del recuerdo la letra de la vieja canción de Bob Dylan, escrita en 1962, en la que reclamaba a senadores y congresistas que no se quedaran en la puerta, que no bloquearan el paso a los nuevos tiempos, en un tono desafiante muy propio de aquélla época de protestas y defensa de los derechos civiles.

 

Nuestros medios de comunicación en este año eterno de elecciones van proclamando también consignas de cambio: nuevos partidos emergentes con líderes que nunca han participado activamente en la política con sus nuevos lemas que quizás incluso representen nuevas ideas, con imposiciones a los dos partidos tradicionales para permitirles gobernar en el mapa autonómico y local y no se sabe muy bien si gobernar ellos también.

 

Un nuevo tiempo dicen los afortunados que poseen el don de la predicción. Desde luego, una nueva forma de hacer política que impondrá mayor diálogo y la necesidad de gobernar con acuerdos entre distintos partidos y líderes.

 

¿Miedo al desgobierno?

 

No. Por fortuna, España cuenta con una Administración Pública de calidad, fuertemente profesionalizada gracias a sus rigurosos sistemas de selección y provisión de puestos de trabajo que permite a los empleados públicos realizar un trabajo fundado en criterios estrictamente técnicos en todas la áreas del conocimiento, sin presiones guiadas por objetivos políticos al margen del interés general.

 

Quizás vengan nuevos tiempos de verdad; quizás cambiaremos sólo en apariencia para volver a reinventar lo mismo que tenemos. En todo caso, la Administración Pública seguirá garantizando los servicios públicos esenciales, el control en la gestión de los caudales públicos y en la toma de decisiones por las autoridades, el cumplimiento solidario de sus obligaciones por parte de los ciudadanos, en suma, la realización del bien común.

 

¡Pero que no tarden en alcanzar acuerdos!

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La fotografía que acompaña a estas líneas recoge el momento en el que, quien por entonces era S.A.R. el Príncipe de Asturias, recibió en audiencia a tres promociones del Cuerpo de Abogados del Estado: 2008, 2009 y 2011, acompañadas del Sr. Ministro de Justicia y la Abogada General del Estado.

La instantánea tiene, para los compañeros que participaron en ese acto, la misma significación que otras fotografías tomadas en años anteriores con ocasión de la tradicional recepción en el Palacio de La Zarzuela de las promociones recientemente incorporadas al Cuerpo de Abogados del Estado: el momento festivo propio de la alegría de haber aprobado la oposición junto con el honor enorme de ser reconocido por la más alta Magistratura del Estado como integrante de un colectivo con inquebrantable vocación de servicio a España.

Hoy recobramos esta fotografía por la importancia adicional de su actualidad. La audiencia fue presidida por S.A.R. el Príncipe de Asturias sustituyendo por primera vez a S.M. El Rey Don Juan Carlos I, a quien un accidente que le obligó a faltar de esta tradicional deferencia y distinción para con el Cuerpo de Abogados del Estado. Tan excepcional fue que todos los medios de comunicación social dieron cuenta de este acto.

Representa, vista desde hoy, el arranque de un proceso de cambio al frente de la Jefatura del Estado, y es un honor para el Cuerpo de Abogados del Estado en general y para los integrantes de estas tres promociones en particular haber sido distinguidos por quien hoy es S. M. El Rey Felipe VI. También porque el Jefe de su Casa sea nuestro compañero Jaime Alfonsín Alfonso.

Desde esta Asociación deseamos a S.M. El Rey Don Felipe VI el mayor de los aciertos en la tarea que afronta y que le ha correspondido iniciar en una época tan necesitada del ejercicio de las funciones que constitucionalmente tiene encomendadas.

Los Abogados del Estado lo son dentro de España de la Administración del Estado, pero fuera lo son del Reino, del Estado en su conjunto como única persona jurídica de Derecho Internacional. Y Su Majestad el símbolo de la unidad y la permanencia de esta antigua pero vital nación.

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Número 44
No es solamente fútbol

No le faltaba razón a Albert Camus cuando razonaba “porque, después de muchos años…

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Ante la grandeza de este deporte, al que podrían asimilarse cualesquiera otros que participan de estos principios, debe exigirse a quienes lo practican un mínimo rigor en su comportamiento, dentro del terreno de juego y en sus declaraciones públicas. Son ellos quienes tienen el deber moral de hacer respetar un deporte del que tanto se puede y se debe aprender. Sin embargo, desgraciadamente, en tiempos recientes se ha perdido buena parte de ese espíritu, amplificándose sobremanera cualquier cuestión que pueda tener algo que ver con este deporte y, lo que es peor, dando verdadera carta de naturaleza a declaraciones que son ajenas a la esencia del juego, que tanto enseñó al gran Camus.

Ante este fenómeno expansivo del fútbol, solamente pueden adoptarse dos posturas. La primera, acrítica, es asumir que las cosas son así y que no merece la pena intentar explicar determinados comportamientos o situaciones. La segunda, más acorde con los valores que inspiran nuestro Cuerpo, debe ser la de contestar, sin responder, a quienes puedan atacar nuestra función empleando para ello el magnífico altavoz que les proporciona este deporte.

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Nunca hemos sido los Abogados del Estado objeto de comentario en la prensa o en los medios; antes bien, siempre hemos preferido mantener nuestra labor en un discreto segundo plano, haciendo valer nuestros argumentos en nuestro hábitat natural que no es otro que las Salas de los Tribunales de Justicia y nuestros informes.

Sin embargo, como nos recuerda Dylan, los tiempos están cambiando. En los últimos meses, han sido varios los artículos de prensa que han cuestionado nuestra labor profesional e incluso nuestra independencia. Al amparo de titulares llamativos, referidos a una conocida serie de los años 80 o a un supuesto ataque a las víctimas del terrorismo, se pretende desvirtuar nuestro ejercicio profesional. A tal efecto, se acude al sofisma de las mal llamadas “puertas giratorias”, se pretende deslizar indebidos tratos de favor o de pretendido “castigo” al justiciable en función de criterios políticos.

Nada más lejos de la realidad. Si algo caracteriza nuestro trabajo como Abogados del Estado es el absoluto respeto por el principio de legalidad y la defensa de los intereses de la Administración. Así ha acontecido respecto de quienes han sido cuestionados en la prensa.

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Desde la Asociación, entendemos que debemos seguir esta segunda línea. Cuando se pretende atacar nuestra labor, desde afirmaciones inverosímiles, debemos contestar, explicando didácticamente nuestra función y valores, que deben estar muy por encima de las manifestaciones públicas que pueda realizar quien, sin saber, quiere adoctrinar sobre algo tan serio en nuestro país como es el ejercicio de la acción penal. No se trata de responder, entrar en debates o salir de nuestro hábitat natural, que preside nuestro día a día en los tribunales de justicia o en funciones consultivas. Se trata, en suma, de aplicar una de las reglas esenciales de este deporte. Ante un ataque, hay que defenderse, respetando las reglas y sabiendo que en este caso, como debería ocurrir en posibles y futuros eventos, nuestra respuesta es necesaria para no perder nuestro partido: la defensa de la legalidad y de la honestidad de nuestra función. Asumamos todos que este partido tenemos que ganarlo y que siempre jugaremos mejor juntos que separados. No es solamente fútbol.

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Una de las composiciones más conocidas del reciente Premio Nobel de Literatura se titula “los tiempos están cambiando”. Publicada allá por el año 1964, transmite un mensaje plenamente actual, al poner de manifiesto la necesidad de que sepamos adaptarnos en cada momento a los cambios que se impulsan a nuestro alrededor.

Nunca hemos sido los Abogados del Estado objeto de comentario en la prensa o en los medios; antes bien, siempre hemos preferido mantener nuestra labor en un discreto segundo plano, haciendo valer nuestros argumentos en nuestro hábitat natural que no es otro que las Salas de los Tribunales de Justicia y nuestros informes.

Sin embargo, como nos recuerda Dylan, los tiempos están cambiando. En los últimos meses, han sido varios los artículos de prensa que han cuestionado nuestra labor profesional e incluso nuestra independencia. Al amparo de titulares llamativos, referidos a una conocida serie de los años 80 o a un supuesto ataque a las víctimas del terrorismo, se pretende desvirtuar nuestro ejercicio profesional. A tal efecto, se acude al sofisma de las mal llamadas “puertas giratorias”, se pretende deslizar indebidos tratos de favor o de pretendido “castigo” al justiciable en función de criterios políticos.

Nada más lejos de la realidad. Si algo caracteriza nuestro trabajo como Abogados del Estado es el absoluto respeto por el principio de legalidad y la defensa de los intereses de la Administración. Así ha acontecido respecto de quienes han sido cuestionados en la prensa.

Por otra parte, si determinados compañeros deciden acceder a la situación de excedencia voluntaria, común a todo el conjunto de la función pública, no puede ello servir como “ariete” para cuestionar sin base fáctica alguna su labor previa al pase a dicha excedencia o la de quienes continúan en servicio activo. Esta imagen transmitida en los últimos meses no nos representa.

Ante la inminente formación de Gobierno, quizá sea uno de los principales retos de nuestro Cuerpo el de saber transmitir nuestra realidad profesional, nuestra dedicación al servicio público y el derecho de quienes deciden pasar a la situación de excedencia particular. Quede constancia de ello en la que debe ser uno de los pilares de nuestra comunicación: nuestra Revista.

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Lo cierto es que vivimos en el mundo de la comunicación, de los medios y de la opinión pública. Y resulta imposible sustraerse del eco mediático teniendo en cuenta los asuntos de interés público en los que participamos con mayor o menor protagonismo.

 

Dentro del Cuerpo hay que quien añora épocas pasadas cuando nadie se fijaba en nosotros. Pero nuestra imagen, nuestro significado en la sociedad española, no nos es disponible, no depende de nuestra voluntad, sino de la de otros, de profesionales de la comunicación que deciden, sin pedir permiso, lo que cuentan y lo que no y cómo lo cuentan. Resulta francamente inconcebible que nuestro papel en tantas causas penales o frente al problema del independentismo catalán no sea publicado cuando el Gobierno le dice a los españoles que el asunto está “en manos de la Abogacía del Estado”. Lo que, por cierto, es garantía de solvencia en la adopción de soluciones.

 

Esconder la cabeza debajo del ala o la cabeza en un hoyo en la tierra como el avestruz no es una solución sensata a esta situación. Reconociendo que desde luego ésta es muchas veces muy incómoda.

 

A la par, los asuntos que gestionamos exigen discreción máxima. Es obligación del funcionario guardar reserva sobre los asuntos que se gestionan. Claro que la Ley también ordena a autoridades, funcionarios y profesionales de la Justicia el secreto de los sumarios bajo sanción penal y nada más que leer lo anterior es imposible no sonreír. Resulta llamativo que nadie haya sido condenado por revelar el secreto de un sumario, pero es así. El delito de descubrimiento y revelación de secretos sobre esta cuestión concreta ha sido derogado por desuetudo.

 

Además, no nos sentimos cómodos en este mundo, ante los focos, porque no es propio de nuestra condición de abogados y de la forma en la que desarrollamos nuestra profesión, de manera tranquila, silenciosa y responsable, adoptando los políticos y los gestores las decisiones y poniéndose ellos ante las cámaras. No se interviene en un pleito ni se hace un informe en un plató de televisión…

 

Cuando estás en determinados puestos, se hace inevitable el contacto con los profesionales de los medios, que te están esperando a la salida de unas declaraciones y te ruegan que compartas con ellos algo que nunca puedes decirles. Al final terminan conociendo por los abogados de la otra parte su interpretación de los hechos y lógicamente no tienen mayor interés en juzgarnos con equidad.

 

Parece indispensable que este problema se aborde por la Dirección con criterios actuales. Resulta impensable que podamos volver a realizar nuestra profesión ajenos a la publicidad. Este mismo Gobierno ha publicado leyes de transparencia que se fundan en el principio de que “el pueblo tiene derecho a saber”. ¿Estamos preparados para ello? No, no lo estamos. Es imprescindible que este despacho público de abogados considere seriamente ponerse en manos de profesionales de la comunicación que consigan que el nombre del compañero no salga a la luz pública y que pueda transmitir mensajes institucionales al margen de la actuación de este o aquel Abogado del Estado. Si no, muchos de nosotros que jugamos el partido en primera línea seguiremos en la más absoluta indefensión frente a la opinión pública, carecemos por completo de voz. Y hoy no hay nada peor.

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Viene del recuerdo la letra de la vieja canción de Bob Dylan, escrita en 1962, en la que reclamaba a senadores y congresistas que no se quedaran en la puerta, que no bloquearan el paso a los nuevos tiempos, en un tono desafiante muy propio de aquélla época de protestas y defensa de los derechos civiles.

 

Nuestros medios de comunicación en este año eterno de elecciones van proclamando también consignas de cambio: nuevos partidos emergentes con líderes que nunca han participado activamente en la política con sus nuevos lemas que quizás incluso representen nuevas ideas, con imposiciones a los dos partidos tradicionales para permitirles gobernar en el mapa autonómico y local y no se sabe muy bien si gobernar ellos también.

 

Un nuevo tiempo dicen los afortunados que poseen el don de la predicción. Desde luego, una nueva forma de hacer política que impondrá mayor diálogo y la necesidad de gobernar con acuerdos entre distintos partidos y líderes.

 

¿Miedo al desgobierno?

 

No. Por fortuna, España cuenta con una Administración Pública de calidad, fuertemente profesionalizada gracias a sus rigurosos sistemas de selección y provisión de puestos de trabajo que permite a los empleados públicos realizar un trabajo fundado en criterios estrictamente técnicos en todas la áreas del conocimiento, sin presiones guiadas por objetivos políticos al margen del interés general.

 

Quizás vengan nuevos tiempos de verdad; quizás cambiaremos sólo en apariencia para volver a reinventar lo mismo que tenemos. En todo caso, la Administración Pública seguirá garantizando los servicios públicos esenciales, el control en la gestión de los caudales públicos y en la toma de decisiones por las autoridades, el cumplimiento solidario de sus obligaciones por parte de los ciudadanos, en suma, la realización del bien común.

 

¡Pero que no tarden en alcanzar acuerdos!

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La fotografía que acompaña a estas líneas recoge el momento en el que, quien por entonces era S.A.R. el Príncipe de Asturias, recibió en audiencia a tres promociones del Cuerpo de Abogados del Estado: 2008, 2009 y 2011, acompañadas del Sr. Ministro de Justicia y la Abogada General del Estado.

La instantánea tiene, para los compañeros que participaron en ese acto, la misma significación que otras fotografías tomadas en años anteriores con ocasión de la tradicional recepción en el Palacio de La Zarzuela de las promociones recientemente incorporadas al Cuerpo de Abogados del Estado: el momento festivo propio de la alegría de haber aprobado la oposición junto con el honor enorme de ser reconocido por la más alta Magistratura del Estado como integrante de un colectivo con inquebrantable vocación de servicio a España.

Hoy recobramos esta fotografía por la importancia adicional de su actualidad. La audiencia fue presidida por S.A.R. el Príncipe de Asturias sustituyendo por primera vez a S.M. El Rey Don Juan Carlos I, a quien un accidente que le obligó a faltar de esta tradicional deferencia y distinción para con el Cuerpo de Abogados del Estado. Tan excepcional fue que todos los medios de comunicación social dieron cuenta de este acto.

Representa, vista desde hoy, el arranque de un proceso de cambio al frente de la Jefatura del Estado, y es un honor para el Cuerpo de Abogados del Estado en general y para los integrantes de estas tres promociones en particular haber sido distinguidos por quien hoy es S. M. El Rey Felipe VI. También porque el Jefe de su Casa sea nuestro compañero Jaime Alfonsín Alfonso.

Desde esta Asociación deseamos a S.M. El Rey Don Felipe VI el mayor de los aciertos en la tarea que afronta y que le ha correspondido iniciar en una época tan necesitada del ejercicio de las funciones que constitucionalmente tiene encomendadas.

Los Abogados del Estado lo son dentro de España de la Administración del Estado, pero fuera lo son del Reino, del Estado en su conjunto como única persona jurídica de Derecho Internacional. Y Su Majestad el símbolo de la unidad y la permanencia de esta antigua pero vital nación.

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Número 42
Sobre la exposición a los medios de comunicación

Estamos asistiendo en los últimos tiempos a una masiva aparición de la Abogacía del Estado…

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No le faltaba razón a Albert Camus cuando razonaba “porque, después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”. Cualquiera que haya tenido la suerte de poder practicar un deporte, bien sabe lo certero del razonamiento de Camus. Principios básicos, como el de respetar las normas y el adversario, saber ganar y saber perder, esforzarse sin saber el resultado o tomar conciencia de que la propia pereza condena a tu equipo, se aprenden día a días gracias a este deporte. Principios todos ellos que dicho sea de paso, bien hacemos en recordar para el ejercicio diario de nuestra profesión como Abogados del Estado.

Ante la grandeza de este deporte, al que podrían asimilarse cualesquiera otros que participan de estos principios, debe exigirse a quienes lo practican un mínimo rigor en su comportamiento, dentro del terreno de juego y en sus declaraciones públicas. Son ellos quienes tienen el deber moral de hacer respetar un deporte del que tanto se puede y se debe aprender. Sin embargo, desgraciadamente, en tiempos recientes se ha perdido buena parte de ese espíritu, amplificándose sobremanera cualquier cuestión que pueda tener algo que ver con este deporte y, lo que es peor, dando verdadera carta de naturaleza a declaraciones que son ajenas a la esencia del juego, que tanto enseñó al gran Camus.

Ante este fenómeno expansivo del fútbol, solamente pueden adoptarse dos posturas. La primera, acrítica, es asumir que las cosas son así y que no merece la pena intentar explicar determinados comportamientos o situaciones. La segunda, más acorde con los valores que inspiran nuestro Cuerpo, debe ser la de contestar, sin responder, a quienes puedan atacar nuestra función empleando para ello el magnífico altavoz que les proporciona este deporte.

Desde la Asociación, entendemos que debemos seguir esta segunda línea. Cuando se pretende atacar nuestra labor, desde afirmaciones inverosímiles, debemos contestar, explicando didácticamente nuestra función y valores, que deben estar muy por encima de las manifestaciones públicas que pueda realizar quien, sin saber, quiere adoctrinar sobre algo tan serio en nuestro país como es el ejercicio de la acción penal. No se trata de responder, entrar en debates o salir de nuestro hábitat natural, que preside nuestro día a día en los tribunales de justicia o en funciones consultivas. Se trata, en suma, de aplicar una de las reglas esenciales de este deporte. Ante un ataque, hay que defenderse, respetando las reglas y sabiendo que en este caso, como debería ocurrir en posibles y futuros eventos, nuestra respuesta es necesaria para no perder nuestro partido: la defensa de la legalidad y de la honestidad de nuestra función. Asumamos todos que este partido tenemos que ganarlo y que siempre jugaremos mejor juntos que separados. No es solamente fútbol.

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Nunca hemos sido los Abogados del Estado objeto de comentario en la prensa o en los medios; antes bien, siempre hemos preferido mantener nuestra labor en un discreto segundo plano, haciendo valer nuestros argumentos en nuestro hábitat natural que no es otro que las Salas de los Tribunales de Justicia y nuestros informes.

Sin embargo, como nos recuerda Dylan, los tiempos están cambiando. En los últimos meses, han sido varios los artículos de prensa que han cuestionado nuestra labor profesional e incluso nuestra independencia. Al amparo de titulares llamativos, referidos a una conocida serie de los años 80 o a un supuesto ataque a las víctimas del terrorismo, se pretende desvirtuar nuestro ejercicio profesional. A tal efecto, se acude al sofisma de las mal llamadas “puertas giratorias”, se pretende deslizar indebidos tratos de favor o de pretendido “castigo” al justiciable en función de criterios políticos.

Nada más lejos de la realidad. Si algo caracteriza nuestro trabajo como Abogados del Estado es el absoluto respeto por el principio de legalidad y la defensa de los intereses de la Administración. Así ha acontecido respecto de quienes han sido cuestionados en la prensa.

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Lo cierto es que vivimos en el mundo de la comunicación, de los medios y de la opinión pública. Y resulta imposible sustraerse del eco mediático teniendo en cuenta los asuntos de interés público en los que participamos con mayor o menor protagonismo.

 

Dentro del Cuerpo hay que quien añora épocas pasadas cuando nadie se fijaba en nosotros. Pero nuestra imagen, nuestro significado en la sociedad española, no nos es disponible, no depende de nuestra voluntad, sino de la de otros, de profesionales de la comunicación que deciden, sin pedir permiso, lo que cuentan y lo que no y cómo lo cuentan. Resulta francamente inconcebible que nuestro papel en tantas causas penales o frente al problema del independentismo catalán no sea publicado cuando el Gobierno le dice a los españoles que el asunto está “en manos de la Abogacía del Estado”. Lo que, por cierto, es garantía de solvencia en la adopción de soluciones.

 

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A la par, los asuntos que gestionamos exigen discreción máxima. Es obligación del funcionario guardar reserva sobre los asuntos que se gestionan. Claro que la Ley también ordena a autoridades, funcionarios y profesionales de la Justicia el secreto de los sumarios bajo sanción penal y nada más que leer lo anterior es imposible no sonreír. Resulta llamativo que nadie haya sido condenado por revelar el secreto de un sumario, pero es así. El delito de descubrimiento y revelación de secretos sobre esta cuestión concreta ha sido derogado por desuetudo.

 

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Desde la Asociación, entendemos que debemos seguir esta segunda línea. Cuando se pretende atacar nuestra labor, desde afirmaciones inverosímiles, debemos contestar, explicando didácticamente nuestra función y valores, que deben estar muy por encima de las manifestaciones públicas que pueda realizar quien, sin saber, quiere adoctrinar sobre algo tan serio en nuestro país como es el ejercicio de la acción penal. No se trata de responder, entrar en debates o salir de nuestro hábitat natural, que preside nuestro día a día en los tribunales de justicia o en funciones consultivas. Se trata, en suma, de aplicar una de las reglas esenciales de este deporte. Ante un ataque, hay que defenderse, respetando las reglas y sabiendo que en este caso, como debería ocurrir en posibles y futuros eventos, nuestra respuesta es necesaria para no perder nuestro partido: la defensa de la legalidad y de la honestidad de nuestra función. Asumamos todos que este partido tenemos que ganarlo y que siempre jugaremos mejor juntos que separados. No es solamente fútbol.

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Una de las composiciones más conocidas del reciente Premio Nobel de Literatura se titula “los tiempos están cambiando”. Publicada allá por el año 1964, transmite un mensaje plenamente actual, al poner de manifiesto la necesidad de que sepamos adaptarnos en cada momento a los cambios que se impulsan a nuestro alrededor.

Nunca hemos sido los Abogados del Estado objeto de comentario en la prensa o en los medios; antes bien, siempre hemos preferido mantener nuestra labor en un discreto segundo plano, haciendo valer nuestros argumentos en nuestro hábitat natural que no es otro que las Salas de los Tribunales de Justicia y nuestros informes.

Sin embargo, como nos recuerda Dylan, los tiempos están cambiando. En los últimos meses, han sido varios los artículos de prensa que han cuestionado nuestra labor profesional e incluso nuestra independencia. Al amparo de titulares llamativos, referidos a una conocida serie de los años 80 o a un supuesto ataque a las víctimas del terrorismo, se pretende desvirtuar nuestro ejercicio profesional. A tal efecto, se acude al sofisma de las mal llamadas “puertas giratorias”, se pretende deslizar indebidos tratos de favor o de pretendido “castigo” al justiciable en función de criterios políticos.

Nada más lejos de la realidad. Si algo caracteriza nuestro trabajo como Abogados del Estado es el absoluto respeto por el principio de legalidad y la defensa de los intereses de la Administración. Así ha acontecido respecto de quienes han sido cuestionados en la prensa.

Por otra parte, si determinados compañeros deciden acceder a la situación de excedencia voluntaria, común a todo el conjunto de la función pública, no puede ello servir como “ariete” para cuestionar sin base fáctica alguna su labor previa al pase a dicha excedencia o la de quienes continúan en servicio activo. Esta imagen transmitida en los últimos meses no nos representa.

Ante la inminente formación de Gobierno, quizá sea uno de los principales retos de nuestro Cuerpo el de saber transmitir nuestra realidad profesional, nuestra dedicación al servicio público y el derecho de quienes deciden pasar a la situación de excedencia particular. Quede constancia de ello en la que debe ser uno de los pilares de nuestra comunicación: nuestra Revista.

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Estamos asistiendo en los últimos tiempos a una masiva aparición de la Abogacía del Estado en los medios de comunicación. A veces, para mal; a veces, para bien. En este mismo número de la Revista se habla de algún caso muy significativo.

 

Lo cierto es que vivimos en el mundo de la comunicación, de los medios y de la opinión pública. Y resulta imposible sustraerse del eco mediático teniendo en cuenta los asuntos de interés público en los que participamos con mayor o menor protagonismo.

 

Dentro del Cuerpo hay que quien añora épocas pasadas cuando nadie se fijaba en nosotros. Pero nuestra imagen, nuestro significado en la sociedad española, no nos es disponible, no depende de nuestra voluntad, sino de la de otros, de profesionales de la comunicación que deciden, sin pedir permiso, lo que cuentan y lo que no y cómo lo cuentan. Resulta francamente inconcebible que nuestro papel en tantas causas penales o frente al problema del independentismo catalán no sea publicado cuando el Gobierno le dice a los españoles que el asunto está “en manos de la Abogacía del Estado”. Lo que, por cierto, es garantía de solvencia en la adopción de soluciones.

 

Esconder la cabeza debajo del ala o la cabeza en un hoyo en la tierra como el avestruz no es una solución sensata a esta situación. Reconociendo que desde luego ésta es muchas veces muy incómoda.

 

A la par, los asuntos que gestionamos exigen discreción máxima. Es obligación del funcionario guardar reserva sobre los asuntos que se gestionan. Claro que la Ley también ordena a autoridades, funcionarios y profesionales de la Justicia el secreto de los sumarios bajo sanción penal y nada más que leer lo anterior es imposible no sonreír. Resulta llamativo que nadie haya sido condenado por revelar el secreto de un sumario, pero es así. El delito de descubrimiento y revelación de secretos sobre esta cuestión concreta ha sido derogado por desuetudo.

 

Además, no nos sentimos cómodos en este mundo, ante los focos, porque no es propio de nuestra condición de abogados y de la forma en la que desarrollamos nuestra profesión, de manera tranquila, silenciosa y responsable, adoptando los políticos y los gestores las decisiones y poniéndose ellos ante las cámaras. No se interviene en un pleito ni se hace un informe en un plató de televisión…

 

Cuando estás en determinados puestos, se hace inevitable el contacto con los profesionales de los medios, que te están esperando a la salida de unas declaraciones y te ruegan que compartas con ellos algo que nunca puedes decirles. Al final terminan conociendo por los abogados de la otra parte su interpretación de los hechos y lógicamente no tienen mayor interés en juzgarnos con equidad.

 

Parece indispensable que este problema se aborde por la Dirección con criterios actuales. Resulta impensable que podamos volver a realizar nuestra profesión ajenos a la publicidad. Este mismo Gobierno ha publicado leyes de transparencia que se fundan en el principio de que “el pueblo tiene derecho a saber”. ¿Estamos preparados para ello? No, no lo estamos. Es imprescindible que este despacho público de abogados considere seriamente ponerse en manos de profesionales de la comunicación que consigan que el nombre del compañero no salga a la luz pública y que pueda transmitir mensajes institucionales al margen de la actuación de este o aquel Abogado del Estado. Si no, muchos de nosotros que jugamos el partido en primera línea seguiremos en la más absoluta indefensión frente a la opinión pública, carecemos por completo de voz. Y hoy no hay nada peor.

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Viene del recuerdo la letra de la vieja canción de Bob Dylan, escrita en 1962, en la que reclamaba a senadores y congresistas que no se quedaran en la puerta, que no bloquearan el paso a los nuevos tiempos, en un tono desafiante muy propio de aquélla época de protestas y defensa de los derechos civiles.

 

Nuestros medios de comunicación en este año eterno de elecciones van proclamando también consignas de cambio: nuevos partidos emergentes con líderes que nunca han participado activamente en la política con sus nuevos lemas que quizás incluso representen nuevas ideas, con imposiciones a los dos partidos tradicionales para permitirles gobernar en el mapa autonómico y local y no se sabe muy bien si gobernar ellos también.

 

Un nuevo tiempo dicen los afortunados que poseen el don de la predicción. Desde luego, una nueva forma de hacer política que impondrá mayor diálogo y la necesidad de gobernar con acuerdos entre distintos partidos y líderes.

 

¿Miedo al desgobierno?

 

No. Por fortuna, España cuenta con una Administración Pública de calidad, fuertemente profesionalizada gracias a sus rigurosos sistemas de selección y provisión de puestos de trabajo que permite a los empleados públicos realizar un trabajo fundado en criterios estrictamente técnicos en todas la áreas del conocimiento, sin presiones guiadas por objetivos políticos al margen del interés general.

 

Quizás vengan nuevos tiempos de verdad; quizás cambiaremos sólo en apariencia para volver a reinventar lo mismo que tenemos. En todo caso, la Administración Pública seguirá garantizando los servicios públicos esenciales, el control en la gestión de los caudales públicos y en la toma de decisiones por las autoridades, el cumplimiento solidario de sus obligaciones por parte de los ciudadanos, en suma, la realización del bien común.

 

¡Pero que no tarden en alcanzar acuerdos!

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La fotografía que acompaña a estas líneas recoge el momento en el que, quien por entonces era S.A.R. el Príncipe de Asturias, recibió en audiencia a tres promociones del Cuerpo de Abogados del Estado: 2008, 2009 y 2011, acompañadas del Sr. Ministro de Justicia y la Abogada General del Estado.

La instantánea tiene, para los compañeros que participaron en ese acto, la misma significación que otras fotografías tomadas en años anteriores con ocasión de la tradicional recepción en el Palacio de La Zarzuela de las promociones recientemente incorporadas al Cuerpo de Abogados del Estado: el momento festivo propio de la alegría de haber aprobado la oposición junto con el honor enorme de ser reconocido por la más alta Magistratura del Estado como integrante de un colectivo con inquebrantable vocación de servicio a España.

Hoy recobramos esta fotografía por la importancia adicional de su actualidad. La audiencia fue presidida por S.A.R. el Príncipe de Asturias sustituyendo por primera vez a S.M. El Rey Don Juan Carlos I, a quien un accidente que le obligó a faltar de esta tradicional deferencia y distinción para con el Cuerpo de Abogados del Estado. Tan excepcional fue que todos los medios de comunicación social dieron cuenta de este acto.

Representa, vista desde hoy, el arranque de un proceso de cambio al frente de la Jefatura del Estado, y es un honor para el Cuerpo de Abogados del Estado en general y para los integrantes de estas tres promociones en particular haber sido distinguidos por quien hoy es S. M. El Rey Felipe VI. También porque el Jefe de su Casa sea nuestro compañero Jaime Alfonsín Alfonso.

Desde esta Asociación deseamos a S.M. El Rey Don Felipe VI el mayor de los aciertos en la tarea que afronta y que le ha correspondido iniciar en una época tan necesitada del ejercicio de las funciones que constitucionalmente tiene encomendadas.

Los Abogados del Estado lo son dentro de España de la Administración del Estado, pero fuera lo son del Reino, del Estado en su conjunto como única persona jurídica de Derecho Internacional. Y Su Majestad el símbolo de la unidad y la permanencia de esta antigua pero vital nación.

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Número 40
Felipe VI

La fotografía que acompaña a estas líneas recoge el momento en el que, quien por entonces…

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Número 49


Esperanza

El 11 de noviembre de 1977 se celebró la Asamblea constituyente de nuestra Asociación y, transcurridos algo más de cuarenta años, celebramos el pasado 14 de diciembre la Asamblea General correspondiente al año 2018, en la que, además, renovamos parcialmente nuestro Consejo Directivo.

 

 Transcurrido ya un largo periodo desde la constitución de la Asociación, al albur de la renovación de nuestro Consejo y agradeciendo siempre la labor de todos los que han trabajado y trabajan en la misma, podríamos preguntarnos si se mantienen las razones que impulsaron su creación “para el fomento y defensa de los intereses profesionales y corporativos de los Abogados del Estado” (art.4 de los Estatutos).

 

 Como tuvimos ocasión de analizar en nuestra última Asamblea General, se mantienen todas y cada una de las razones que impulsaron la creación de nuestra Asociación, que presenta, como singularidad que nos parece más que notable, su unidad. No resulta ocioso recordar que, a diferencia de otros Cuerpos de nuestra Administración en los que coexisten distintas Asociaciones, en nuestro caso, desde su creación, siempre ha existido una única Asociación, en la que tienen cabida todos los compañeros que deciden formar parte de la misma, conforme a los principios de libre adhesión y baja voluntaria.

 

 El valor de la unidad en la Asociación, cualquiera que sea las acepciones que tomemos del término, nos lleva a trabajar desde la misma, buscando ese fomento y defensa de los intereses del Cuerpo de Abogados del Estado, que son la verdadera razón de ser que lleva a que seamos muchos los compañeros que permanecemos en la misma. Lógicamente, ese trabajo siempre está sujeto a la sana crítica de los compañeros, que son quienes conforman la base que pretendemos mantener y mejorar desde el Consejo Directivo. Escuchar, aprender e impulsar las acciones asociativas que tutelan nuestros intereses profesionales y corporativos deben ser las líneas de trabajo de nuestro Consejo.

 

 Las últimas elecciones al Consejo ponen de manifiesto que existe interés corporativo y que son numerosos los compañeros que quieren participar activamente en la Asociación. Así se apreció tanto por la presencia de numerosos candidatos, a los que agradeceremos siempre su predisposición, como en el número de votos emitidos, que determinó que fuera necesario un elevado número de sufragios para poder formar parte del mismo.

 

Llegados a este punto, afrontamos nuestra tarea sabiendo que son numerosos los retos por conseguir y que queda mucho por hacer. Pero lo hacemos desde la esperanza, entendida, como recuerda Václav Havel, no como la convicción de que las cosas saldrán bien, sino como la certidumbre de que algo tiene sentido sin importar el resultado final. Para todos, desde nuestra unidad característica, lo que debe tener sentido es nuestra condición de Abogados del Estado con los valores que esta representa. Y, con esperanza, trabajar juntos por la consecución de dichos retos.